Acerca del Frecuente llamado

DIÁLOGO. ACTITUD DIALOGANTE. Rafael Gambra*

Rafael Gambra 3“El término diálogo es uno de los más sutilmente manipulados dentro de la mentalidad (y de la praxis) marxistas. En su sentido obvio es el contraste amistoso de pareceres o la búsqueda de la verdad a través de varias mentes. El marxista no puede admitir esta noción común puesto que excluye la noción clásica de verdad.

Sin embargo, los marxistas son amigos del diálogo. Lo propugnan y fomentan “a todos los niveles”, según la expresión que hemos ya visto. Organizan asambleas, “encuentros”, coloquios, etc. No sólo obran así sino que contagian a sus posibles interlocutores y aun a sus oponentes, el gusto por el diálogo. “Dialogar con los marxistas” ha llegado a ser un hobby de toda la clase política, incluso del estamento eclesiástico que encuentra una satisfacción especial-casi morbosa-en ello.

La introducción del diálogo es fácil en todos los ámbitos porque resulta grato afirmar que “de la discusión sale la luz”, que “hablando se entienden las personas”, que allí todo se puede decir y todos pueden hablar, que en último término se someterá el tema a votación libre, que el “inconversable” lo es siempre con cerrilidad o cerrazón mental, etc. Más fácil aún en un medio  trabajado por la democracia  liberal del que se ha desarraigado la noción de verdades objetivas, de principios indiscutibles o de “ortodoxia pública”, y se ha sustituido la verdad por la opinión, la razón por el sufragio.

 No se olvide que la teoría marxista está al servicio de la praxis, y que ésta aspira no sólo a crear un mundo nuevo, sino una nueva mentalidad.  Cuando el marxista se presta al diálogo-en sus famosas asambleas participativas-es siempre con vistas a la acción revolucionaria. Se trata de hacernos entrar en un proceso dialéctico (en sentido marxista) en el que jugará papel principal la mutación terminológica que estamos tratando. El tan propagado “diálogo con los marxistas” sólo tiene en la práctica un ritmo y una dirección. Cualquier afirmación, objeción o aclaración en sentido que lo contradiga serán recibidas como regresivas, reaccionarias, “subjetivas” o alienadas. Los términos y las expresiones tendrán diferente sentido o alcance para unos y para otros: el equívoco será constante, y sólo podrá salvarse  mediante formulaciones ambiguas. El participante no marxista tendrá pronto la vaga impresión de haber  aceptado un juego con cartas trucadas. Sin embargo, los “moderadores” visibles o invisibles-quienes lo han convocado y organizado-sabrán apoyarse en la desorientación de los más hasta denunciar la resistencia de los menos como dogmatismo, cerrilidad, marginación voluntaria, etc. En último término se recurrirá al sufragio-generalmente en momentos de cansancio y de desinterés-, convirtiendo, como por exigencia de la propia dialéctica, lo que iba a ser mero diálogo en asamblea decisoria o constituyente. El marxismo es siempre aliado de la democracia porque, en rigor, es ésta su cimiento doctrinal.

            Cuando el marxismo ha alcanzado el poder pleno –político y económico-, la democracia pasa a apellidarse “popular”. Será ahora el poder emanado del Pueblo, pero no de su mayoría empírica sino de la totalidad; no se tratará ya de la voluntad popular con minúscula (numérica), sino de la Voluntad Popular con mayúscula, hipostasiada y, en cierto ateístico modo, sacralizada. Eliminada por la democracia toda noción de ortodoxia pública, sólo quedará la ortopraxis evolutiva de las “democracias populares”.

            Pero la evolución de una mente hacia el marxismo-o su captación por éste-comienza casi siempre por una invitación aceptada al diálogo. Observemos que Cristo mismo, que predicó el amor al prójimo por amor a Dios, no habló nunca de diálogo, sino más bien de testimonio. No envió a sus discípulos a dialogar con todos los pueblos sino a dar testimonio de la verdad. Guardó silencio ante el diálogo hipócrita con los Príncipes de los Sacerdotes y con Pilatos, y habló a menudo del “testimonio que os di”.”

*Gambra, Rafael. “El lenguaje y los mitos”.  Ediciones Nueva Hispanidad. 2001. Pp.123-125.