La Claudicacion 1

(Hace 45 años… Editor)

Es común apreciar en nuestros días, expresada de diversas maneras, una profunda impresión de desazón, hasta de angustia, frente al rumbo incierto y desordenado de los acontecimientos sociales. Éstos presentan la apariencia de una ley interna y necesaria que los llevaría inexorablemente a una “revolución” total que aplasta toda razón y voluntad personal. Lo cual no ocurre sólo en el orden político; también, y con la misma intensidad, en el religioso y en todos los demás ámbitos de la vida de nuestra sociedad actual.

La Claudicacion 3¿Es que acaso lo humano, saltando la barrera de toda determinación esencial, escapa ahora, como fuerza cósmica incontrolable, del dominio del hombre? ¿Es que ha cambiado la naturaleza, perdiendo la razón su papel de principio rector de la conducta humana? Los filósofos y profetas de la “nueva era” nos dicen que así es, que lo que rige ahora nuestra vida es el “sentido de la historia”, las “grandes fuerzas mayoritarias” o la evolución convergente y necesaria hacia el “punto Omega”. Y nos señalan también que lo que no se dela absorber en la gran marea sólo tiene derecho a su total aniquilación, operada en principio por el mismo curso “irreversible” de los acontecimientos y cooperada siempre por los eficaces y bien organizados gestores de esa revolución.

Toda sociedad, sin embargo, tiende a aferrarse a su propia subsistencia, a mantener los principios y leyes que le dan realidad. Y así nos encontramos ante dos tendencias opuestas que pugnan en el interior de ella: por una parte, el instinto de conservación, por el cual se tiende a reaccionar contra todo lo que niegue en la práctica su razón de ser, y, por otra, un movimiento disgregador al que se le quiere dar categoría absoluta ―se habla de la Revolución, con mayúscula― y que bebe su fuerza tanto de las oposiciones sociales nacidas del egoísmo sistematizado como de la debilidad y la claudicación de quienes tienen la autoridad.

La autoridad es el principio efectivo de subsistencia de la sociedad: sin aquélla, ésta  se desintegra. Y a la autoridad se la quiere hacer saltar ahora cogiéndola en la siguiente disyuntiva: acepta el “espíritu de cambios” sumándose pasivamente a la marcha de los acontecimientos, o queda “obsoleta”, totalmente marginada de esa realidad única que es la de la revolución operante. La trampa no está en alguno de los extremos de la opción, sino en su mismo planteamiento. Si la disyunción es aceptada  ―¡y tantas veces lo es subconscientemente―, el verdadero poder de la autoridad se deshace. Así se da el triste espectáculo, por ejemplo, de obispos que quieren parecer modernos y a todo con la “época de cambios”, mientras se lamentan tímidamente de la “falta de comprensión” hacia los valores religiosos, o de gobernantes que mientras emplean la fuerza pública para reprimir desórdenes callejeros, confirman con sus palabras los principios de quienes, más consecuentes que ellos, se dedican a tirar piedras y a colocar bombas, o de esos pobres padres de familia que, incapaces de lograr que sus hijos se comporten como personas, se quejan de la incomprensión o de la ingratitud de ellos.

La autoridad implica necesariamente responsabilidad, es decir, reconocimiento del fundamento moral que hace legítimo el ejercicio del poder. Por esto, la aceptación de aquella disyuntiva supone un abandono de esa responsabilidad, supone claudicación: de este modo, los principales culpables de la crisis de nuestra sociedad no son tanto los que emplean la fuerza contra ella como, en definitiva, los que, teniendo todos los medios ―razones y armas― para defenderla, renuncian a emplearlos.

No hay autoridad que pueda sostenerse efectivamente como tal si no sabe por qué lo es, si no tiene la convicción de su propia legitimidad. ¿Qué sería de la institución militar cuyos jefes, en el momento decisivo, duden de su propia autoridad e intenten tomar un desvío dilatorio, guardando las apariencias jerárquicas pero, en fin de cuentas, claudicando de la misma razón de ser de la jerarquía? Basta que este hecho se manifiesta, siquiera en una falsa apariencia, para que venga la derrota segura (Y ¡cuidado!, que el virus de este abandono generalizado de la responsabilidad también penetra ahora en las Fuerzas Armadas).

La timidez en el ejercicio del mando ―que está en la antípoda de la auténtica prudencia― es uno de los peores males que pueden afectar a una sociedad, precisamente porque es el mal de su cabeza. Y enfermando la cabeza no sólo enferma también todo el cuerpo, sino que se hace imposible cualquier reacción eficaz contra el mal, precisamente porque aquélla es el principio del cual debería partir. Y cuando la autoridad es de este modo débil, intenta por todos los medios hacerse perdonar el hecho de serlo, empleando la fuerza de su poder ―reacción típica del acomplelado― sólo contra aquel que busca advertir y tocar alarma contra el peligro de la debilidad: con el resto, aunque esté preparando los medios para liquidarla, es obsecuente, dadivosa, magnánima, de “espíritu abierto”… Confía más en su poder físico que en el principio moral por el cual es autoridad: es decir, claudica…

La explicación que suele darse de esta claudicación se basa en el carácter inevitable, irrefrenable, del curso de los acontecimientos: enfrentarlos sería condenarse a ser aplastado por ellos. Es, en verdad, posible que esto suceda: pero sólo posible, no seguro, ni siquiera probable. Pero, aun aceptando la hipótesis de que lo sea inevitablemente: ¿justifica esto una actitud condescendiente? los apóstoles fundadores de la Iglesia sabían que el pecado no sería erradicado inmediatamente, que ellos y sus sucesores fracasarían en su intento por hacerlo desaparecer: ¿qué hubiese sucedido si, ante esta evidencia, hubiesen aceptado el pecado aprobándolo y ―con “espíritu abierto”― condescendiendo con él? ¿Existiría la Iglesia? Son, por otra parte, infinitos los ejemplos que da la historia de jefes, gobernantes, Papas, etc., que, enfrentando dificultades aparentemente insalvables, las han salvado precisamente por no haber dudado de los principios morales de su autoridad ni haber admitido escrúpulos de conciencia en el momento de ejercerla.

Hoy se tiembla ante mitos y fetiches. Por ejemplo, ante “la juventud”: entidad aparentemente monolítica, fuerza irresistible, expresión única de “espíritu sano” y “auténtico”. ¿Quién no ha rendido tributo a este mito? Como ha observado certeramente Vicente Marrero, fue Hitler quien lo instauró, dando categoría de valor absoluto a la realidad biológica cuya plenitud se manifiesta en esa “edad joven”.

“Nadie negará ―dice Marrero― que ser joven importa lo suyo, y esto es atendible y, sobre todo, apasionante y bello; pero también tiene algo que hacer la educación”. En la juventud está sólo la plenitud germinal, que se justifica exclusivamente en razón del fruto maduro. Por esto, lo que le corresponde en propiedad, por naturaleza, es la disciplina, único medio por el cual las potencias del hombre se ordenan confluyendo en la unidad ―que es señorío y libertad razonable― de la persona. Tal disciplina debe ser exigida e impuesta ―educida, educada― por esa autoridad que, sin complejos y con noción clara de lo que hace, conozca por experiencia la madurez, a la cual todo hombre tiende y que estan absolutamente opuesta a esa grotesca pretensión de los viejos de parecer jóvenes; pretensión que sólo puede ser comparada a la triste demencia senil.

El griterío en el cual se quiere reconocer ahora la “manifestación auténtica de las fuerzas vivas y libres” de nuestra sociedad, su “esperanza”, no es más que el lamento subconsciente y masivo por la ausencia de la norma inteligente, del principio moral, de la autoridad definida y sin complejos.

Tizona Nº4. Año 1969.