Democracia y Corporativismo I - 5

 

Democracia y Corporativismo I - 4El título de estas reflexiones resultará tal vez desconcertante  para muchos, aquí, en Chile, donde, a despecho de ciertas pretensiones de cultura política, se sabe muy poco sobre lo que es y debe ser una sociedad civil, una nación. Por ello, los dos conceptos de corporativismo y democracia, son considerados habitualmente como antagónicos entre sí. Por corporativismo se entiende –salvo escasas excepciones- un régimen político de carácter fascista y totalitario, y, por ende atentatorio contra esas libertades públicas que se están cacareando de continuo, pero que son defendidas muy mal, a juicio de los espíritus amantes de la verdadera democracia…En cambio, por democracia se entiende, casi siempre también, un régimen de gobierno fundado en el libre juego de los partidos políticos y el sufragio universal inorgánico, y, por tanto, celoso defensor de esas mismas libertades conculcadas por los totalitarios.  Demás está decir que, dentro del rubro de los totalitarismos, los espíritus simplistas no incluyen las realizaciones políticas del marxismo-leninismo; tal vez porque –deslumbrados por la propaganda, que se encarga de falsear aún el significado de los conceptos más sencillos- piensan que el marxismo leninismo y la democracia son perfectamente compatibles entre sí.

Tal manera de ver las cosas es absolutamente errónea. Ni los fascismos son los únicos regímenes políticos atentatorios contra la libertad humana ni la democracia fundada en el libre juego de los partidos políticos es su mejor defensora. Nada de eso. Tampoco el régimen corporativo halla su única realización, ni siquiera la mejor, en los fascismos. Todos estos pareceres son la resultante de una pereza mental que ha alcanzado ya extremos inverosímiles, y que lleva aceptar sin análisis de ninguna clase cuanta estupidez se anda propalando por el mundo. La verdad es, por una parte, que los regímenes fascistas han desvirtuado la doctrina corporativa, convirtiendo los gremios y corporaciones en sucursales del Estado en vez de haberlas resucitado según su índole primigenia de prolongaciones de esa célula social básica  imprescindible que es la familia. Y, por la otra, que los regímenes sedicentes democráticos –cual más, cual menos- han desvirtuado la auténtica democracia, convirtiéndola en guillotina de esos mismos derechos fundamentales de la persona humana que dice sostener y defender, según lo estamos viendo a partir de los tiempos de la Revolución Francesa. Por ello y para evitar confusionismo, es urgente definir, precisar el sentido, de los dos conceptos que nos han servido para encabezar estas líneas.

El corporativismo es un régimen político social cuya característica principal –la que le da el nombre- consiste en que la representación popular está entregada a los gremios y corporaciones. O, si se quiere –y para utilizar la terminología de Vázquez de Mella- a las clases sociales, aun cuando el concepto de clase social del gran pensador político español no tiene nada que ver con aquello que recibe esta denominación en el doctrinarismo liberal. Los gremios o clases son organizaciones de connacionales que se dedican a las mismas actividades; que ejercen idéntica profesión. En cierto sentido, podrían considerarse los gremios y corporaciones como la organización de las clases; o, si se prefiere, como las clases organizadas.  Por supuesto que el concepto de clase o de gremio sobrepasa los límites de las actividades económicas. En un régimen corporativo, deberían estar representadas evidentemente, la industria, la agricultura y el comercio. Pero también debería darse la representación de la intelectualidad -universidades-  el clero y las fuerzas armadas.  Naturalmente, cada una de esas clases intervendría tan sólo en los problemas que son de su respectiva incumbencia y para cuya solución se encuentran suficientemente preparadas. Por ahora no entraremos en más detalles, que dejaremos para ocasiones próximas. Lo que nos ha movido ahora es destacar las grandes líneas de lo que se conoce con el nombre de Estado corporativo.

Mucho más difícil resulta definir la democracia. Se trata de uno de esos términos que, a fuerza de ser usados indiferenciadamente, han concluido por perder, casi, hasta los últimos rastros de su significación primigenia. Demócratas se auto titulan los regímenes actuales de partidos políticos permanentes como órganos exclusivos de representación (?) popular. Pero también se auto titulan demócratas los regímenes marxistas-leninistas, de detrás del telón de acero. Sin embargo, estos dos tipos de organización socio-política  tienen muy poco que ver entre sí.  También fue considerada como democracia el régimen de la antigua Atenas, a pesar de que los griegos –al igual que todos los pueblos de la Antigüedad- ignoraron por completo lo que se denomina representación popular. Por último, también pueden considerarse como democracias algunas de las entidades políticas de la edad media, tales como las monarquías regionales españolas –Castilla, Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia, etc.- Se ve, pues, cómo el concepto de democracia experimenta profundas alteraciones en su significado, según se vaya trasladando en su aplicación a lo largo del tiempo y del espacio. Por nuestra parte –y apoyados en diversas consideraciones que no es el caso de expresar-  estimamos como democracia un régimen político social en el cual el pueblo no gobierna, evidentemente, pero sí interviene en la gestión gubernativa mediante sus representantes libremente elegidos, los cuales deberán ser siempre los portavoces de sus necesidades populares –espirituales y materiales- ante el Poder político o Autoridad civil (porque, para el caso, ambos conceptos pueden tomarse el uno por el otro).

Lo primero que salta así a la vista es que Corporativismo y Democracia son dos conceptos –o, si se prefiere, dos realidades- absolutamente dispares entre sí, por lo cual no puede surgir, a propósito de ello, ningún tipo de oposición; las oposiciones surgen exclusivamente entre conceptos pertenecientes a la misma esfera de valores, mientras que los conceptos –o realidades- anteriores pertenecen a orbes diversos. El corporativismo es un modo de organización político social. La Democracia, en cambio, constituye la intervención del pueblo en la gestión gubernativa de la Autoridad civil. Es evidente, entonces, que podría darse un Corporativismo democrático, como también una democracia corporativa. Corporativismo democrático será aquel que se estructure y organice al margen de la tutela de la Autoridad civil.  Democracia corporativa será, a su vez, aquella que, con el fin de asegurar su legítima intervención en la gestión gubernativa, lleve al pueblo a organizarse corporativamente. Así se nos aparece el corporativismo de tipo fascista como uno de los tantos tipos de corporativismo desvirtuado. Como la democracia liberal nos resulta también uno de los tantos tipos de democracia vacía de contenido.

Podemos seguir avanzando todavía, y afirmar que, lejos de excluirse mutuamente, los conceptos de corporativismo y democracia se exigen y se reclaman el uno al otro. El corporativismo, para ser verdaderamente tal, exige una modalidad democrática. A su vez, la democracia, para ser verdaderamente tal, exige también una modalidad corporativa. El corporativismo democrático es el único capaz de asegurar el ejercicio de los derechos connaturales e inalienables de la persona humana. Por su parte, la democracia corporativa es la única capaz de exigir eficazmente su legítima intervención en la gestión gubernativa del poder político.

De esta suerte, en vez de constituir una modalidad de totalitarismo, el régimen corporativo se nos aparece como el antídoto más eficaz contra cualquier tipo de desbordes o atropellos totalitarios. Sobre todo en los tiempos actuales, en que, debido a la gran complejidad de los problemas que deben resolver las naciones, se deja sentir la necesidad imperiosa de no abandonar su solución a las solas iniciativas individuales.

Porque, dada la presente organización de las sociedades civiles, no hay término medio: o las iniciativas son de los particulares o del Estado; porque, frente al estado, no se levanta sino un pueblo desorganizado y pulverizado por la supresión de los organismos intermedios, esos mismos que organizaban la sociedad civil. Es decir, que le daban carácter orgánico, a semejanza del organismo humano que no está constituido por células aisladas sino integradas en órganos. En cambio, en un estado corporativo, las iniciativas se irían desplegando en un escalonamiento de sociedades que, partiendo de la familia, alcanzarían hasta el nivel mismo de la nación. Así, habría iniciativas, zonas de acción, que no serían individuales, pero que tampoco serían estatales. Entre unas y otras surgirían iniciativas municipales, regionales, gremiales, etc., y, anteriormente a todas ellas, las iniciativas familiares. Es decir que, entre el individuo y el Estado, se habrá de levantar toda una trama de sociedades subalternas en cuyo campo de acción el Poder político descargará un sinnúmero de menesteres que ahora lo están preocupando y sofocando, y, sobre todo, que le están impidiendo dedicarse a las funciones que le son específicas, peculiares y privativas. Sería interminable aducir ejemplos de semejante organización; pero con uno o dos se quedará la cosa en claro: la autonomía universitaria, tan cacareada en estos tiempos, a la vez que tan pésimamente interpretada, y el derecho de los padres de familia –o, más bien, de las jefaturas familiares- para disponer de la educación de los hijos y evitar que les sean deformados por una instrucción errónea y desviada, tal como está aconteciendo ahora incluso en la mayoría de los colegios católicos, que, de católicos, sólo llevan el nombre.

Tal vez se piense que todos estos objetivos podrían alcanzarse dentro de la organización sociopolítica actual, con su sufragio universal inorgánico y sus partidos políticos, tal como los tenemos en Chile y en la mayoría de las naciones civilizadas. Pero tal pretensión es una utopía.  Hoy día, el concepto de sociedad civil se encuentra completamente alterado, y, por ende, se halla pervertida también la propia realidad social. Muchos de los consorcios subalternos de que hemos hablado hace un momento han desaparecido en su fisonomía esencial, quedando de todos ellos sólo la corteza seca y vacía –tales son las regiones; los gremios y corporaciones; los municipios independientes, o, más bien, autónomos; y, con ellos, la idea misma de la organización corporativa-. Otros, como la familia y la Universidad, se encuentran intervenidos por el Estado, que ha procurado por doquiera destruirlas, o, a lo menos, desvirtuarlas en su esencia humana. Ninguna de ellas dispone, en efecto, de la facultad de autogobernarse –es decir, de autarquía o autonomía-, aún cuando fuera, como debe ser, bajo la tuición del Estado.

En ocasiones próximas, cuando vayamos analizando los principios inspiradores del Estado corporativo, iremos destacando también esta imposibilidad, que, por ahora, no hacemos sino indicar.  De momento, sólo enunciaremos como uno de dichos principios el que se conoce con el nombre de principio de subsidiaridad, respecto del cual se habla mucho con un absoluto desconocimiento de causa, y que es de tan rica tradición en el pensamiento tomista. Y este principio supone y sostiene que aquello mismo que puede ser realizado por la persona individual humana o por una sociedad subalterna, no debe ser ejecutado por la sociedad con relación a la persona ni por una sociedad superior con respecto a cualquiera que le esté subordinada y que se halle integrada en ella.  Pero esto constituirá el tema del próximo artículo.

* Este artículo del padre Lira fue publicado en  Junio de 1971.  Es importante tener en cuenta la fecha de esta serie de publicaciones, para comprender las frecuentes alusiones que el sacerdote hace al momento político que le tocaba vivir.  Aunque es igualmente interesante observar cómo el fondo de ese momento no ha cambiado a pesar de los cuarenta y tres años pasados, de tal modo que la crisis social actual no es más que una agudización de la de aquella época.