Enade 3

Enade 4Vaya mi saludo al directorio de Icare, a las autoridades nacionales y a los asistentes a este prestigioso encuentro nacional. Agradezco la invitación que recibí para compartir algunas reflexiones sobre el Chile de hoy.

Amigas, amigos: Supongo que muchos de ustedes recuerdan a un magnífico percusionista británico, dueño de una voz inconfundible, fundador de la legendaria banda GENESIS: Phil Collins. Phil Collins compuso numerosas canciones de gran factura, pero en 1979 creó una particularmente notable, que hizo historia: IN THE AIR TONIGHT. ¿La recuerdan?

La menciono porque estoy convencido de que su letra refleja el estado anímico por el que atraviesa el país. Porque Chile, más que “un paisaje”, como lo define Nicanor Parra, o “una loca geografía”, como lo describe Benjamín Subercaseaux, es un estado de ánimo. Sí, a mi juicio Chile es fundamentalmente un estado de ánimo. Un estado de ánimo cambiante, desde luego.

Aquellos que conocen la letra de IN THE AIR TONIGHT, recuerdan que ella hace alusión a una amenaza que acecha desde lo desconocido: “I can feel it coming in the air tonight”, dice Collins. Y en otro verso, referido a una coyuntura decisiva, agrega “I have been waiting for this moment, all my life, oh Lord”. La canción habla también de resentimientos y ajustes de cuentas: “Well, if you told me you were drowning / I would not lend you a hand”, y sugiere la existencia de personas enigmáticas: “I have seen your face before, my friend / But I don’t know if you know who I am”. La canción también hace referencia a la desconfianza que corroe sociedades: “But I know the reason why you keep your silence up / no you don’t fool me”. Eso dice esa canción que, a mi juicio, se relaciona con el Chile actual, y que Collins remata con el estribillo: “I can feel it coming in the air tonight. We can feel it coming in the air tonight”.

Amigos: creo que todos, tal como Phil Collins en esa estremecedora composición, todos, sentimos que algo impreciso, nocivo y destructivo para el país se está incubando en el aire de la noche chilena. Percibo algo ominoso, como un pájaro de mal agüero, que levita sobre nuestras cabezas, que proyecta sombras, y nos separa y divide. Se trata de algo que asfixia nuestra capacidad de diálogo y entendimiento nacional, y nos arrastra a un inquietante vendaval de descalificaciones, al lenguaje soez, la tensión, la soberbia, la intolerancia y el resentimiento.

Quiero decirlo con claridad: no me gusta nada y me inquieta mucho este incipiente clima de odios que comienza a envolver a Chile. No olvidemos que los chilenos tenemos la mecha corta para discutir y que el país carece de la quilla profunda que garantiza estabilidad en medio de la tormenta. Contamos con un agravante: muchos ya conocimos, hace más de cuatro décadas, una etapa semejante, un crepúsculo que comenzó de forma imperceptible como ahora, y desembocó en la pesada noche de una tragedia nacional y, posteriormente, en un extenuante proceso de reconciliación nacional, a un inconcluso, una tragedia cuyas heridas aún no cicatrizan y que algunos –apoltronados en el cálculo político mezquino- se empeñanen reabrir y exponer.

Lo digo derechamente: el clima de crispación, polarización y violencia verbal que vivimos hoy nos impide ver el presente y soñar un futuro conjunto con nitidez y de modo objetivo, y se asemeja en exceso a un deja vu para mi generación. Sí, amigas y amigos, esto de vivir bajo un gobierno elegido democráticamente que se plantea reformular estructuralmente el país yo ya lo viví cuando tenía 18 años. Algo así ya lo experimenté en mi juventud. Yo ya viví un proceso parecido: vertiginoso, irreversible, efervescente, con banderas y consignas al viento, donde una minoría aspiró a construir un Chile nuevo en nombre del “pueblo” y a partir de un programa de 80 medidas sacrosantas, que constituían una suerte de verdad revelada.

Al cabo de un tiempo, el proceso se escapó de las manos de líderes experimentados, nutrió pasiones fratricidas, contagió de ideología todas las esferas de la vida nacional y nos convirtió en un país donde ya ni nos pudimos reconocer como conciudadanos. La economía cayó en picada, la inflación galopó, creció el desempleo, se agudizaron las tensiones sociales, triunfó el caos, y Chile se volvió un trompo cucarro. El resto, es historia conocida.

Amigos: quiero reiterar con claridad: a los 60 no estoy disponible para algo que se me parece mucho a los comienzos del naufragio nacional que sufrí a los  20. Y no estar disponible significa que me opongo a esta política refundacional, que ya vi cuándo y cómo se inició, pero que nadie sabe cuándo y cómo termina. Me resulta riesgosa la obsesión de políticos que gobernaron y celebraron a Chile entre 1990 y 2010; pero que hoy ambicionan establecer un punto cero para un nuevo arranque del país, que se proponen inaugurar una nueva era, que aspiran hallar la página en blanco donde escribir su gran epopeya personal, la que ignora los capítulos escritos por generaciones anteriores, incluso los esbozados con la misma pluma por partidos que hoy conforman el gobierno. Es perjudicial que Chile, atormentado por la incertidumbre, la improvisación, la polarización y un inexplicable sentido de urgencia extrema, traspase el punto de no retorno con la carga mal estibada y pilotos que, mientras discuten sobre el rumbo, imprimen velocidades diferentes a sus respectivas turbinas. La situación es delicada porque ningún país tiene el futuro asegurado. Ninguno.

Y esto se los recuerda alguien que no es –o no se siente- muy viejo, pero que vivió y recorrió países que ya no existen, países que se construyeron inspirados en seductoras teorías que se proponían materializar ideales de igualdad y justicia en nombre de la historia y una Weltanschauung cuya meta era alcanzar un sueño que devino pesadilla. Yo viví o conocí países que ya no existen: República Democrática Alemana, Checoeslovaquia, Yugoslavia, la Unión Soviética; y conocí ciudades que cambiaron de nombre: Karl-Marx-Stadt, Wilhelm-Pieck-Stadt-Guben o Leningrado; yo residí o visité a amigos que vivían en calles, como Strasse der Befreiung o Georg-Dimitrov-Ring, cuyos nombres barrió la historia; y estudié en una Universidad que hasta 1990 se llamaba Karl-Marx, y que hoy exhibe otro nombre, diversidad ideológica y libertad de cátedra.

A veces conviene repetir verdades que son de Perogrullo, pues las tendemos a olvidar: los países –al igual que las personas- no tienen el futuro asegurado. El futuro de un país no cuenta con un pasaje de asiento numerado y un destino cierto, sino que se define día a día por el modo en que sus habitantes interpretan su pasado, resuelven los desafíos del presente, trazan la convivencia cotidiana y sueñan un futuro común. Recordar eso puede ayudarnos a mostrarnos más prudentes, moderados, tolerantes, modestos y conciliadores, más generosos a la hora de renunciar a nuestras metas máximas, puede conducirnos a valorar el consenso y a no estirar demasiado el elástico nacional.

Conviene recordar que sólo hay un Chile, y es este, en donde estamos todos y contamos todos, y nadie sobra. Conviene recordar que no llevamos un Chile de repuesto en el maletero de la nación, que nadie puede creerse dueño de la verdad, que lo crucial es mostrar disposición a negociar, a rectificar a tiempo y a buscar el dorado punto medio con el adversario, y que todo eso puede ayudarnos a construir un país mejor, porque el que tenemos es bueno pero imperfecto y adolece de déficits que juntos debemos subsanar. Pero me temo que si olvidamos las circunstancias esenciales de la democracia e insistimos en seguir piloteando la nave como hasta ahora, ingresaremos en una zona de turbulencias de efectos impredecibles.

Como país debemos construir sobre lo que otros ya construyeron y legitimaron. Urge retornar to the basics: Hay que ser capaz de reconocer lo bueno que hizo el antecesor, sin importar si comparte o no mis colores políticos. Nada más pernicioso para un país que el síndrome de Cristóbal Colón: esa convicción de que la historia comienza cuando yo llego.

¿Por qué atravesamos como país estas circunstancias que nos asombran a nosotros y a muchos en el extranjero? ¿Por qué, si hemos hecho las cosas bastante bien, tuvimos una transición democrática ejemplar, hemos sido responsables en lo económico y hemos progresado como pocos en la reducción de la pobreza, y despertamos admiración entre vecinos? Hay razones económicas, políticas y sociales para ello, que algunos reducen a la tensión entre libertad e igualdad, pero no son las únicas. Debido al escaso tiempo de que dispongo, dirigiré la mirada hacia una dimensión que se vincula con el ámbito de las ideas, la historia reciente y la cultura entendida como el clima en que habitamos:

¿Por qué hemos caído en el estado de crispación, polarización y postración de hoy? ¿Por qué sólo la selección de fútbol, la Teletón y los terremotos nos unen? ¿Por qué la izquierda, que sufrió hace 25 años una debacle espantosa con la caída del Muro de Berlín, pasó en Chile tan rápido a la ofensiva ideológica, y sin embargo las fuerzas que se identifican con el mercado y la libertad, que posibilitaron prosperidad y desarrollo en estos decenios, están hoy a la defensiva?

¿Por qué de pronto tanto político anuncia que nos falta solo un minuto para que estalle el apocalipsis social, y que si no implementamos los cambios que ellos postulan y no enmendamos el rumbo, nos aguarda el naufragio nacional? ¿Y por qué vuelven a flotar hoy en Chile tantas ideas que en otros países duermen en el baúl de los recuerdos? Hay razones económicas y sociales para esto, pero también cultural-ideológicas, y permítanme reflexionar sobre algunas de estas últimas. Abordaré tres:

LA PRIMERA: como país aún no logramos extraer las lecciones esenciales sobre nuestra historia reciente ni logramos reconstruir ni asumir esa historia en forma integral y realista.

En este sentido cabe preguntarse cuál fue la conclusión central que nos dejó el período entre 1970 y 1990. Y al hacerlo, comprobamos que existe una convicción transversal que proclama el imprescindible “¡Nunca más!” a la violación de derechos humanos en el país. Lo consideramos justo y esencial para que no se repita una dictadura ni se violen aquí los derechos humanos. Esa convicción, mayoritaria, inspira hoy hasta la formación de los jóvenes.

El año pasado, con motivo del 40 aniversario del derrocamiento de Salvador Allende, recalcaron esta convicción mesas redondas, ensayos, films, documentales, telenovelas, discursos políticos, en fin, un entramado complejo, estructurado principalmente por la izquierda, que permitió consolidar que nunca más ocurra algo así en Chile. Pocos justifican hoy las acciones de la dictadura en el campo de los derechos humanos. Justificarlas tiene a estas alturas un precio elevado para cualquier político. Esto contribuye a crear un piso político, ideológico y ético mínimo, y compartido en el país.

Sin embargo, a mi juicio, esta es sólo una parte de la lección que debemos extraer de la historia. La parte que olvidamos es precisamente la que hoy nos pasa la cuenta como sociedad. Porque si usted no asume la historia, ella regresa y lo asalta en un recodo del camino y le pasa la factura como individuo o como país. Me explico: si bien nos concentramos en el “nunca más” en materia de derechos humanos, olvidamos algo igualmente esencial y que fue una de las causas que posibilitó la noche oscura en el Chile de los setenta: el clima de odios, polarización, división y peligro de guerra civil que campeó aquí entre 1970 y 1973 debido a un gobierno que se propuso imponer cambios revolucionarios, avanzar sin transar por un supuesto “mandato popular”, y cuyo objetivo era erigir un “socialismo con sabor a empanadas y vino tinto”, en pocas palabras: debido a un gobierno que, armado de un programa de fuerte contenido ideológico, añoraba refundar el país.

Amigas y amigos: esto es una historia de hace 40 años, pero una historia vigente. Como no la asumimos en profundidad y tampoco la relatamos a las nuevas generaciones, nos pasa hoy la cuenta: rescatamos el imprescindible “nunca más” a la violación de derechos humanos en Chile, pero ignoramos algo también esencial: el “nunca más” a quienes desprecian y asfixian el debate democrático, apuestan por polarizar, descalifican a los que piensan diferente, dividen entre buenos y malos chilenos, y hacen de su utopía una meta obligatoria para todo el país.

Hoy queda claro: en democracia hay que cuidar los estilos, promover el debate fundamentado y respetuoso, rechazar las visiones mesiánicas y redentoras. Hay que rechazar a los iluminados por la historia, a quienes portan bajo el brazo la panacea para todos los males, o programas gubernamentales sacrosantos, que devienen dogmas salpicados de intolerancia. Hay que condenar a quienes recurren a la descalificación en la discusión política, practican con soberbia el autoritarismo ideológico y enarbolan una supuesta superioridad moral, que perdieron hace tiempo. En suma: creo que no aprendimos como nación una lección clave: A la libertad y la democracia, antes de liquidarlas con medidas políticas, se las liquida con palabras.

SEGUNDA RAZÓN cultural-ideológica: En rigor, tanto la relativa popularidad en Chile de modelos políticos fracasados como la idealización del estado constituyen un fenómeno que asombra por su carácter refractario al paso del tiempo. En Chile resurgen hoy una visión estatista de la sociedad, la fe en que el estado es eficiente, empático, sensible, versátil y capaz de superar en todo -desde la planificación y el suministro de servicios  hasta la producción- a los privados, sean estos pequeños, medianos o grandes.

Esta percepción crítica de los privados también se debe a las insuficiencias del “modelo”, pero se vincula igualmente con un acontecimiento de hace 25 años, y del cual aún no tenemos plena conciencia como nación.

Invito a pensar en lo siguiente: ¿Por qué en Chile algunos partidos de izquierda pueden felicitar, sin pagar costo político alguno, a la criminal monarquía comunista de Corea del Norte, o solidarizar con los hermanos Castro en sus 55 años en el poder, o simplemente guardar silencio, amparándose en la gratitud, frente a los regímenes comunistas derribados en 1989 por sus ciudadanos?

Todo esto, que en países serios es políticamente impresentable, es posible hoy en Chile. ¿La causa? Está en el pasado: aquí no analizamos como país el significado profundo del fin del comunismo europeo en 1989. Ese año estuvimos concentrados en un proceso democratizador paralelo: nuestro regreso a la democracia. Por eso se produjo un lamentable déficit en el examen del tránsito de dictaduras comunistas a sociedades libres. ¿No es acaso llamativo? Logramos la condena transversal a la violación de derechos humanos en Chile, pero al mismo tiempo no causa ruido expresar nostalgia, gratitud y conmiseración en relación con los totalitarismos de Moscú, Praga o Berlín Este, ni escandaliza manifestar simpatías por el régimen de los Castro o la dinastía gobernante de Corea del Norte.

Estamos pagando la cuenta por tareas que no se hicieron en su momento en el ámbito de las ideas. No había en Chile en 1989 capacidad ideológica para digerir y celebrar en paralelo con el regreso de Chile a la democracia, la gigantesca epopeya de libertad de los pueblos que derribaron el comunismo. Pero no se trató sólo de que no hubiera espacio para abordar ambos escenarios democratizadores: tampoco se articularon fuerzas intelectuales suficientes para proponer una reflexión nacional profunda sobre el fracaso del comunismo a escala planetaria. Se dio así un déficit cultural que perdura hasta hoy. Por eso en muchos países estos modelos están en el tacho de la historia, pero en Chile siguen siendo vistos como alternativas inspiradoras que sucumbieron por algunos errores de dirección. Mientras en el mundo reina la convicción de que esos regímenes eran inviables política, económica, ética y culturalmente, en Chile sectores de izquierda aún escarban con la pala de la nostalgia entre las ruinas de esos modelos y buscan fragmentos para el mosaico de su estropeada utopía.

Y llegamos a la TERCERA RAZÓN de tipo cultural-ideológica: esta tiene que ver con el presente y el futuro: Las circunstancias actuales de Chile se deben no sólo a factores económicos y sociales, que dicen relación con la integración social, el empoderamiento ciudadano y el país que queremos construir, sino también a factores culturales. Es decir, estamos hoy como estamos porque las personas que discrepan de la visión estatista o estatizante de la sociedad no han hecho las tareas en el ámbito de las ideas.

No se han preocupado de contribuir a la difusión de las ideas que las representan. No las hacen circular ni las proyectan, y las defienden a media voz, convencidas de que ese ámbito pertenece a la izquierda. Al mismo tiempo estiman que su ámbito es el de los negocios, las leyes o la administración. Me refiero con esto a conservadores, derechistas, centristas, liberales y demócrata cristianos. A diferencia de quienes creen en una sociedad organizada en torno a un estado fuerte o monopólico, las personas que piensan diferente poco se preocupan de la batalla de las ideas. Piensan que lo suyo son los números, y lo de la izquierda las ideas.

Estas personas creen además que el crecimiento y el desarrollo, la prosperidad alcanzada por Chile en los últimos decenios y los avances en la lucha contra la pobreza, deben concitar por si solos respaldo abrumador de la ciudadanía. Tengo pésimas noticias: nadie sale a marchar para celebrar una baja en el desempleo, la compra de una vivienda o un auto nuevo, o las primeras vacaciones en el Caribe o el ingreso a la universidad como primera generación. Nadie sale a bailar a la calle por estos resultados. Esto no es el fútbol. En la sociedad democrática, las personas saben que eso lo obtuvieron gracias al esfuerzo propio, y ambicionan más porque así es el ser humano, y es bueno que así sea, y porque las demandas satisfechas crean nuevas demandas y necesidades, más complejas y sofisticadas, nunca conformismo.

Es así de simple: No se han hecho las tareas en la batalla de las ideas. El adversario, en cambio, inspirado en Antonio Gramsci, sí las hace. A veces empresarios enfatizan que no tienen predilecciones políticas fijas. Sin embargo, eso es válido en etapas de desarrollo normal, cuando se les reconoce a los empresarios, emprendedores e innovadores su aporte y relevancia social, y se les critica para que contribuyan de mejor modo al país. Pero hoy atravesamos circunstancias especiales: el oficialismo considera al empresariado un mal prescindible en caso de contar con un estado fuerte que pueda sustituirlo. Bajo esa convicción, los ataques al empresariado no están dirigidos contra su gestión técnico-gremial sino contra su capital simbólico, su papel, su sentido y posición en la sociedad.

¿Qué significa en este contexto hacer las tareas en el ámbito de las ideas? Varias cosas: Implica reconocer que la legítima batalla de las ideas tiene lugar a diario en toda sociedad y que uno, si cree en sus ideas, debe estudiarlas y contribuir a su difusión. Implica convencerse que el ámbito de las ideas no es coto reservado de la izquierda. Implica admitir que quienes creen en el estado como palanca crucial de desarrollo, se dedican con profesionalismo y conviccióna su causa redentora, y que en ese sentido educan a sus líderes, actúan en la educación, los medios, las universidades y centros de investigación, influyen en la sociedad y tratan de instalar sus ideas como sentido común. Gramsci lo decía: tus ideas han triunfado cuando son interpretadas como “el sentido común” de la sociedad. Esto implica recoger el guante y dar la batalla enarbolando las ideas de libertad, libre mercado, emprendimiento y de una sociedad próspera, socialmente sensible e integradora. De lo contrario, quienes nos oponemos a la visión estatista remaremos en Chile siempre en un océano de eterno oleaje adverso.

POR ULTIMO, deseo traer a colación un ejemplo que demuestra que el país aún no asume el respeto a los derechos humanos con mirada global. Me refiero a la conmemoración mundial, el 9 de este mes, de los 25 años de la caída del Muro de Berlín, símbolo del fin del socialismo europeo. Es un tema también chileno por dos motivos: uno, porque la razón que nos llevó a la gran división de 1973 fue precisamente el proyecto de construir “el socialismo con sabor a vino tinto y empanadas”, y dos: porque muchos chilenos vivimos el exilio detrás del Muro aunque seamos parte de una historia desconocida.

El déficit democrático de la izquierda chilena quedó de manifiesto en esta conmemoración: los dirigentes de partidos oficialistas, que el 2013 condenaron con razón la violación de derechos humanos en Chile, congratularon a la dictadura de Corea del Norte o estrecharon con emoción la mano de los Castro, guardaron otra vez riguroso silencio sobre la sistemática violación de derechos humanos en la extinta RDA. Me interpreta en esta materia lo planteado este mes por el Presidente alemán, Joachim Gauck: dijo dudar de la convicción democrática de quienes aún no logran condenar el totalitarismo que imperó en la RDA.

Quien confió en que la izquierda chilena aprovecharía la celebración de la caída del Muro para distanciarse de esas dictaduras, erró. Con su silencio la izquierda no sólo terminó por perder su último hálito de superioridad moral sobre quienes justifican aquí a Pinochet, sino que reveló que a ella le interesan los derechos humanos de quienes piensan como ella, y que franjas de la muerte, represión política y el encierro de millones de personas se justificaron en la construcción socialista en la Guerra Fría. Con ese lamentable silencio ante la conmemoración de la caída del Muro, temo que el debate democrático en Chile retrocedió 40 años.

Honestamente: yo creí que la Presidenta de la República, quien sufrió bajo la dictadura chilena tortura y cárcel política, aprovecharía su visita a Alemania para condenar la dictadura alemana bajo la que también vivió, y propondría a su sector un giro copernicano en esa materia. No fue así. Creo que la Presidenta desperdició en Berlín una oportunidad de oro. Al ser consultada sobre la RDA, sólo tuvo expresiones de gratitud por los beneficios que allá le fueron concedidos. Respondió como un particular agradecido por la solidaridad allá obtenida, sin precisar –como presidenta de Chile- que esa gratitud la dirige a un estado-partido totalitario que fue barrido de la faz de la Tierra por su pueblo.

Esta reducción del juicio sobre la RDA a una cuestión de gratitud, perjudica la cultura democrática en Chile y permite que cualquiera justifique cualquier dictadura por los beneficios que esta le haya otorgado. Esa actitud constituyó además una falta de delicadeza hacia los máximos representantes de Alemania: la Canciller Federal Merkel sufrió en la RDA la discriminación del estado ateo por ser evangélica, y el Presidente Federal, Gauck, a quien, en 1951 la STASI le secuestró al padre para condenarlo a 50 años de trabajos forzados en Siberia, fue un decidido adversario del totalitarismo de Honecker.

En sus memorias, Gauck cuenta que cuando su padre fue secuestrado por la STASI, en 1951, era un hombre fuerte, y que cuando volvió, en 1955 (sólo gracias a la amnistía por la muerte de Stalin), su padre era un anciano de cabellera blanca, mirada perdida y sin dientes.

Estimo que urge una política de estado que establezca que los presidentes de Chile deben rechazar con claridad dictaduras de cualquier color, y subrayar que nada puede justificarlas. Esto debería convertirse en política de estado por el bien de nuestro debate democrático, la formación de las nuevas generaciones, y el prestigio de Chile.

Queridas amigas y queridos amigos, muchos chilenos sentimos una amenaza IN THE AIR TONIGHT. Ojalá Chile recupere la fórmula que lo hizo ejemplar en el continente: madurez y estabilidad política, acuerdos transversales mediante el diálogo, proyección del futuro a través del consenso. Debemos recuperar la cultura de la convivencia democrática y aprender a vivir nuestra unidad en la diversidad. Es hora de recomponer las confianzas rotas, y tal vez de ese modo nos lleguen las anheladas buenas nuevas surcando… THE AIR TONIGHT. Muchas gracias!