Negocio 3

Negocio 4Cuando toco el timbre los miércoles en la tarde, salen a recibirme dos pares de rodillas rápidas y de manos embarradas. Ignacio y Benja ya tienen mil panoramas en mente. Los vienen pensando desde la mañana.

Aunque los juegos, las canciones y los lápices tienen su encanto, lo mejor de esas tres horas son las preguntas. Siempre surgen, y son muchas: algunas cómicas, otras insólitas, otras profundas…otras, sencillamente incontestables: “¿Por qué la leche tiene mal olor y buen sabor?” “¿Por qué el ruido del teléfono es tan feo?” “¿Por qué tu pelo tiene rulos?” “¿Por qué la mamá siempre nos compra calzoncillos blancos, si a nosotros nos gustan los azules?” “¿Quién hizo a Dios?” “¿Cuánto mide el cielo?” “¿A tu marido lo dejaste en la casa?” “¿Tú conociste a Hitler?” “¿Se dice ‘aire’ o ‘aigre’?” “¿Por qué el amarillo es el único lápiz que no deja huecos blancos cuando uno pinta?”

Yo siempre les invento algunas respuestas, aunque por lo general son bastante malas.

Pero el mundo funciona así: los niños son los que preguntan, los grandes somos los que respondemos.

“¿Por qué no podemos ver a Dios?” Me preguntó ayer Benja, de cuatro años.

Yo iba a empezar con alguna respuesta de adulto inteligente, citando a Saint-Exupéry en eso de lo esencial y lo invisible, o parafraseando a Aristóteles o al Papa, aunque “adaptando el lenguaje para que los niños me entendieran”.

“¡Pero, Benja, no seai pavo!”. Ignacio, de seis, se me había adelantado. “Acuérdate de que sí lo podemos ver: en ese circulito blanco los domingos en ‘la Miza’; y también está escondido adentro del Lucho y de la Carmen y de hartos más. El papá una vez nos contó; pero es un secreto”.

Los tres seguimos pintando en silencio los leones y las cebras. Ellos pensando en los leones y las cebras, yo pensando en que al mundo le faltan más niños y más almas de niño; y preguntándome quiénes serían ese Lucho y esa Carmen.

Un rato después, Ignacio me explicó que “el Lucho” es un amigo de la familia, que estaciona los autos afuera del supermercado, que “vive solito” y que anda en silla de ruedas; y que “la Carmen” es una niñita que vive en un hogar de menores -“porque sus primeros papás sí la querían, pero igual ya no la pueden tener porque se fueron al Cielo”-, que pronto será adoptada por los papás de Ignacio y Benja. También me contó que le faltan dos años para hacer la Primera Comunión, pero que a él le gustaría hacerla antes, porque él ya entiende que “después de que el cura dice las palabras mágicas, ese circulito empieza a ser Dios”.

Me sentí como la tonta del curso. El profesor me hubiese rajado si yo hubiese pretendido añadir algo a esa respuesta perfecta.

Hoy descubrí que hacer de “babysitter” es excelente negocio: se ganan muchas respuestas -de las importantes, de ésas por las que muchos estaríamos dispuestos a pagar una fortuna-, y no sólo no te cobran, sino que además te pagan. Contra toda lógica de mercado.