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Combate 4

Combate 5

Para cumplir con los deseos de complacer a nuestro distinguido amigo don Agustín Edwards, quien te manifestó apreciaría mucho poseer una relación personal mía de aquella memorable acción naval, había escrito una relación histórica de ella, pero pensando mejor, creo que ya hay bastante escrito y dicho en esta forma, así, pues, paso ahora a cumplir lo que me pides, en estilo epistolar, de lo que fue mi actuación como oficial a bordo de la “Esmeralda” y las impresiones que tengo, según mis recuerdos.

Declarada la guerra a las repúblicas del Perú y Bolivia, el 5 de abril de 1879, la escuadra de Chile estableció el bloqueo del puerto de Iquique. Esta resolución de nuestro gobierno se realizó en circunstancias algo precipitadas para nuestras fuerzas combatientes, tanto en mar como en tierra, pues por razones económicas, la preparación de ellas para la guerra había sido completamente descuidada, y fue necesario organizar toda apresuradamente, como prioridad.

Así fue que se adquirió nuevamente la corbeta “Abtao”, a un precio mucho mayor del que se obtuvo en su enajenación; se procedió a armar la goleta “Covadonga”, que se encontraba en completo desarme en Valparaíso, y asimismo a preparar como transportes los vapores nacionales de la marina mercante.

Con este motivo, se llamó al servicio a los ciudadanos que estaban en estado de tomar armas, y yo, que me encontraba retirado del servicio como guardia marina examinado, con seis años de servicio, de los cuales tenía más de tres embarcado, fui reincorporado.

Al presentarme a la Comandancia General de Marina me encontré con el capitán de fragata don Arturo Prat, quien, al verme me dijo: “He tenido el gusto de ver su reincorporación a la Armada, y voy a pedirle su embarco en la “Covadonga”, de la cual he sido nombrado Comandante”.

Agradeceré muy sinceramente esta distinción de aquel cumplidísimo jefe, con quien ya había servido a bordo de la corbeta “O’Higgins”, siendo el Segundo Comandante y oficial del detall. Momentos después me encontré con el Comandante don Carlos Condell, que había sido nombrado Comandante de la “Abtao”, quien al saber que había sido embarcado en la “Covadonga”, me dijo: “Lo siento, pues pensaba pedir su embarco en mi buque”, agregándome: “Más cómodo habría sido en la “Abtao”, que en un barco tan chico como la “Covadonga”.

Dos días después recibí la orden de embarco en la “Covadonga”, y al presentarme a bordo, junto con el Comandante Prat, éramos los únicos oficiales con que contaba el buque, para ir recibiendo la tripulación, pertrechos, consumos, pólvora y municiones, víveres, etc., y luego organizar los servicios a medida que iban llegando tanto el personal como el material. Pocos días más tarde se incorporaron al buque los tenientes Ignacio Serrano y Estanislao Lynch, el guardia marina M. Sanz, Cirujano Videla, ingeniero primero Cuevas y otros que no recuerdo.

Una vez listos los dos buques “Covadonga” y “Abtao”, zarpamos en convoy, con destino a Iquique, adonde arribamos sin novedad, el 15 de mayo al amanecer, después de cinco días de navegación, para ponernos a las órdenes del Comandante en jefe de la escuadra bloqueadora, contraalmirante don Juan Williams Rebolledo, trasladándose inmediatamente después de izar la bandera el Comandante al buque insignia, quien regresó a bordo en la tarde, comunicando la noticia de varios cambios de comandantes de los buques. Así, el Comandante Prat transbordaba, para tomar el mando de la “Esmeralda”, el Comandante Thompson de esta corbeta, al mando de la “Abtao”, y a su vez el Comandante Condell tomaba el mando de la “Covadonga”.

Al transbordarse el capitán Thompson al “Abtao”, pidió lo acompañaran el Teniente Primero E. Valverde, oficial del detall de la “Esmeralda”, y el cirujano señor O’Ryan, y en su reemplazo quedaron el Teniente Uribe como oficial del detall, y el cirujano don Francisco Cornelio Guzmán.

Además, el Comandante pidió, para completar la dotación de oficiales de la “Esmeralda”, el transbordo del Teniente Ignacio Serrano y el mío, y, en reemplazo del Teniente Serrano, transbordó a la “Covadonga” al Teniente primero don Joaquín Orella. Estos transbordos se llevaron a efecto en la tarde del día siguiente.

Como las actividades de la escuadra peruana no se habían hecho sentir, fuera de una escaramuza efectuada por las corbetas “Unión” y “Pilcomayo”, frente a Punta Chipana, intentando cortar el paso a nuestra cañonera “Magallanes”, sin conseguirlo, el almirante Williams había preparado un plan de ataque a la escuadra enemiga, yendo a buscarla en su propio refugio en el Puerto de Callao, y sólo esperaba el arribo del “Abtao” y “Covadonga” para proceder a su realización, y así fue que, tan pronto pudo disponer de estas naves, impartió las órdenes del caso.

En la tarde del día 17, el señor Almirante reunió a su bordo a los comandantes de las naves a sus órdenes, y se estudió el plan de operaciones que debía desarrollar la Escuadra, quedando todo hasta cerca de media noche, retirándose entonces, a sus respectivos buques. Al despedirse el Comandante Prat del almirante Williams, éste le dice en tono jovial. “Bueno Comandante, y si lo sorprende el “Huáscar”, ¿qué va a hacer Ud.? A lo que le respondió Prat: “¡Almirante, lo abordo!”. Este incidente se lo oí referir al propio almirante Williams, en el discurso que pronunció al inaugurarse el monumento a la Marina, en Valparaíso unos pocos años más tarde.

Al día siguiente al amanecer, la escuadra bloqueadora, había desaparecido, quedando en ella sólo la “Esmeralda” y la “Covadonga”, sosteniendo el bloqueo; el transporte carbonero “Lamar”, y además permanecía también, fondeada la cañonera de S. M. B. “Turquoise”.

Esa misma mañana se presentó también a bordo de la “Esmeralda”, el ingeniero civil don J. Agustín Cabrera”, solicitando al Comandante Prat lo recibiera a bordo de su buque, pues estaba por regresar al sur en el próximo vapor de la carrera. Este señor había venido enviado por la dirección de Telégrafos del Estado, para unir el cable submarino, que cortó la Escuadra al establecer el bloqueo de puerto, sin traer elemento alguno para ello, y contando con que todo se le proporcionaría en la Escuadra, pero como en ella se carecía en absoluto de estos elementos, su viaje resultó inútil.

Mientras tanto, a bordo, los oficiales recientemente transbordados se ocupaban en recibirse de sus respectivos cargos. El Teniente Serrano se recibía del cargo del artillero, y yo, del cargo del piloto. Con este motivo, el Comandante Prat creyó oportuno aprovechar los conocimientos de electricidad del señor Cabrera, ya que se efectuaba la entrega del cargo del artillero, estando casi toda la sección torpedo y minas en cubierta.

En efecto, luego se vio que toda la existencia de este material era tan reducida que lo más importante de que podía disponerse eran un par de llaves Mac Evoy, para estallar minas submarinas, y, con el objeto de probar su eficiencia se conectó una de ellas a un par de elementos Leclanché, luego se echó un saquete de carga de cañón dentro de un tarro vacío, el que amarrado a un botalón con sus respectivos estalladores y alambres conductores, se echó al agua por la popa. Al apretar el botón de la llave Mac Evoy, el tarro estalló, levantando una columna de agua que se elevó hasta más arriba de la toldilla.

La conmoción que produjo llamó la atención de los habitantes de tierra, especialmente de parte de era natural, esperaban cuánto hacían las naves bloqueadoras. Según supimos después, éstas autoridades estimaron que la explosión era debida a algún accidente casual, estallando alguna mina submarina, que se habían colocado para nuestra defensa en el fondeadero. Tal idea parece fue admitida como cierta, según pudo verse después, con ocasión del combate del día 21.

El día 20 por la mañana llegó al puerto el vapor de la carrera llevando la correspondencia de Chile para la Escuadra, la cual fue conducida a bordo por la embarcación que fue a recibirlo, y en la tarde abandonaba el fondeadero la cañonera inglesa, que por varios días permanecía sin novedad.

EL COMBATE DEL DIA 21.

Amaneció el día 21 con mar en calma y de aspecto un tanto brumoso. La “Esmeralda”, en su fondeadero acostumbrado sobre un anclote, lista para levarlo y ponerse en movimiento; el “Lamar” un poco más afuera, cerca de la isleta del Faro, y la “Covadonga” montando la guardia en la boca del puerto.

Serían como las siete de la mañana cuando el vigía de la cofa de trinquete anunció “humos hacia el norte”. Se dio aviso al Comandante, quien no tardó en subir a cubierta; al mismo tiempo se avisó al oficial entrante de guardia, que lo era yo, a las 8 hora en que relevé al Teniente Uribe, y los tres con el Comandante, escudriñamos el horizonte, tratando de distinguir qué barcos serían. El Comandante Prat creyó, primeramente, que sería parte de nuestra Escuadra, que regresaba de su expedición al norte, pero poco después se vio que sólo eran dos los buques y el Teniente Uribe fue el primero en distinguir a uno de ellos, diciendo: “Uno de los buques es el “Huáscar”. El Comandante lo interroga: “¿en qué lo conoces?; a lo que Uribe le contesta; “En el trípode del palo de trinquete”.

El Comandante dirige su anteojo, y reconoce igualmente, al Huáscar. Inmediatamente, y con cierta emoción, me ordena: Haga tocar zafarrancho general de combate, avise a los oficiales que el enemigo está a la vista y pregunte a la “Covadonga” si ha almorzado la gente”. En seguida bajó a su cámara”.

El “Lamar”, al reconocer las naves enemigas, aviva sus fogones, para escapar al sur. Este fue un momento emocionante para todo el personal del buque. La tranquilidad con que habíamos estado esperando el regreso de la Escuadra, cubierta de gloria, se transformaba en súbito combate, a todas luces sin la menor esperanza de salvación. Sin embargo, todo el mundo se apresuró, silenciosamente, a acudir a sus respectivos puestos.

Luego el Comandante subió a la toldilla, llevando la correspondencia para la Escuadra, e imponiéndose ligeramente de ella, ordenó al contador Goñi echarla a un saco junto con una bala y arrojarla al mar. Mientras tanto Prat había sacado su cartera y metió en ella dos retratos de su es posa e hijos. El Comandante ordena poner señales a la “Covadonga” de seguir mis aguas y venir al habla, la que a su vez izaba señales de “Enemigo a la Vista”.

Luego dirigiéndose a la tripulación les dice: “Muchachos la contienda en desigual; nunca hemos arriado la bandera ante el enemigo y espero pues, ésta no será la ocasión de hacerlo. Mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar, y os aseguro que, si muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber”. Al pasar por nuestro costado la “Covadonga” el capitán Prat le ordena interponerse entre la población y los fuegos del enemigo, a lo que el Comandante Condell contestó, alegremente: “All right”.

En este momento se recibió el primer disparo de intimación, cayendo el proyectil justamente entre las dos naves chilenas. Las tripulaciones de estas dos lanzan, en seguida, un sonoro “¡Viva Chile!”. Al moverse al “Esmeralda”. Para tomar su posición entre el enemigo y la población, fallo una de las calderas, vaciando su agua en la sentina, con lo cual el andar quedó gravemente reducido.

La “Covadonga” siguió moviéndose hacia fuera de la bahía pegada a la isleta del Faro y, al doblar las rompientes exteriores de ella el “Huáscar”, que sin duda comprendió sus intenciones izó señales, e inmediatamente se vio separarse a la “Independencia” dándole caza como a las 8;30 A. M., haciéndose así la acción general, pero dividida en dos combates singulares: en la bahía quedaba el “Huáscar” atacando a la “Esmeralda”, y fuera, en el mar, la “Covadonga” navegando cerca de costa con rumbo al sur, perseguida por la “Independencia”.

Cuando el Comandante Prat vio doblar la punta exterior de la isleta a la Covadonga le oí exclamar ¿Qué hace la Covadonga?. Pues me encontraba a su lado como su ayudante y había bajado de la cofa desde que el Huáscar estrechó la distancia a unos 600 metros acercándose a la isleta. Fue entonces, también, cuando se vio aparecer, atravesando la restinga de rocas llamadas Patilliguaje, que destaca hacia la población la isleta el Faro (llamada ahora Serrano), una chalupa a todo remo, que se dirigía a bordo del Huáscar, a cuyo costado atracó, a pesar del fuego que le hicimos desde las cofas, tanto de cañón como de fusilería.

Según se supo después, en la chalupa iba el capitán del puerto de Iquique quién llevaba la comisión de prevenir al Comandante Grau que no se acercara a la Esmeralda, en la posición que tenía pues creía estaba rodeada de minas fondeadas, por cuanto dos días antes se había visto estallar una que sintió toda la población; pero que, tan luego como llegaran una baterías de artillería de campaña que se había ordenado bajaran del Molle, se le obligaría a moverse, y así sería más seguro el ataque al espolón. Efectivamente la ventajosa posición que habíamos tomado tuvimos que abandonarla al recibir el fuego que se nos hacía desde la playa, que nos iba causando más bajas que el fuego del “Huáscar”, a la distancia. Sólo un tiro atravesó de parte a parte a la “Esmeralda”, causando un principio de incendio, que pronto fue sofocado.

Al moverse la Esmeralda, se rompió otra caldera: tal era el estado de estos generadores de vapor. No tardó entonces al “Huáscar”, al ver el poco efecto de sus cañones, en aprovechar la nueva colocación de enemigo, para embestirlo al espolón. El Comandante, al ver este movimiento, toca para fuerza a la máquina y me ordena: Corra y dígale a Hyatt que le dé todo el andar que pueda a la máquina y que el “Huáscar se nos viene encima”.

Bajé, pues, corriendo al entrepuente hasta la escotilla de la máquina y grité al ingeniero primero la orden del Comandante quien mostrándome el agua que llegaba hasta las plantas del piso del salón de máquinas, me dice: “Haremos lo posible; pero mire Ud., cómo estamos con la rotura de las calderas”. Apenas acaba de decir esto, cuando se sintió el choque del “Huáscar” contra nuestro costado de babor.

Al regresar a cubierta, pasando por el hospital de sangre en la sala de armas, vi que era tal la destrucción ocasionada por las balas del enemigo, que nos había disparado a toca penoles juntamente con el espolonazo, que no es cosa fácil llegar a la escotilla de subida, a cubierta, donde encontré al doctor Guzmán, quién subía también para pedir autorización al Comandante para darles un tóxico calmante a los heridos de gravedad, a fin de evitarles mayores padecimientos.

Al llegar a la toldilla habían transcurrido ya algunos minutos, desde que bajé a cumplir la orden del Comandante Prat. Y no fue poca mi extrañeza al encontrar ahí al Teniente Uribe, quien, luego me impuso de que estando en su puesto sobre el castillo de proa, al retirarse el “Huáscar” de nuestro costado, después del espolonazo, vio con gran sorpresa caer al Comandante espada en mano cerca de la torre del Huáscar, viniéndose en seguida a popa para tomar el comando del buque; y en vista de lo sucedido de acuerdo con los tenientes Sánchez y Serrano, de que el combate continuaría, como lo deseaba el Comandante Prat, para lo cual el Teniente Serrano organizaría su división de abordaje, para saltar sobre el castillo del monitor, si volvía a atacarnos con su espolón.

Qué había sucedido durante el tiempo que escapé en cumplir la orden del Comandante para el ingeniero primero: El Comandante gobernó para caer con la proa hacia el “Huáscar” pero a causa del poco andar, el buque no obedeció con la rapidez requerida, produciéndose, entonces, el choque contra el costado de babor, frente al palo mesana, en la forma que indica el diseño adjunto; esto es, chocando la roda del Huáscar contra el costado de la “Esmeralda”; pero, no alcanzando a herir los fondos con el espolón, a causa de la forma entrante que en esa parte tiene la obra viva de todo buque.

El Comandante Prat, al ver a sus pies la cubierta del castillo de sus enemigo, dio la orden de abordarlo, lanzándose él mismo a la cabeza de su gente; pero el corneta no alcanzó a tocar la llamada por haber sido herido de muerte y de los que oyeron la orden verbal sólo alcanzo a seguirlo el Sargento Aldea que hacía la guardia a la bandera; al fue la rapidez con que el Huáscar pudo separarse del costado de la corbeta.

¿Qué inspiración o impulso indujo al Comandante Prat al lanzarse al abordaje, en circunstancias en que se producía todo el fragor del combate por los fuegos de uno y otro buque, y, por lo tanto iba a buscar una muerte segura? Sólo vine a entenderlo algunos años después, al oír el discurso del Almirante Williams Rebolledo, al inaugurarse el monumento a la Marina, como lo digo al principio de esta narración. Sin duda recordando lo que dijo el Almirante al zarpar la escuadra en su excursión al Callao, y no viendo otra esperanza de cumplir lo dicho, se lanzó al abordaje, donde rindió su vida en holocausto a la Patria, y, como lo dijo en su arenga a la tripulación, en los primeros momentos de comenzar el combate. Sublime arenga que nos dejó trazada la ruta que debíamos seguir, la que así selló con su propio sacrificio.

Retirado el “Huáscar” a conveniente distancia, para volver a maniobrar, no tardó en embestirnos por segunda vez con su espolón, y, como antes, a pesar de que se procuró maniobrar para evitarlo, chocó contra nuestro costado por la amura de estribor. Como el Teniente Serrano se encontraba en el castillo, saltó sobre la proa del “Huáscar”, siguiéndole unos doce hombres más o menos, y, aunque sobre la cubierta de éste no se veían combatientes, sin embargo, tanto el valeroso Teniente Serrano como la gente que le seguía, sucumbieron por el fuego que se les hacía desde la torre y parapetos sobre cubierta, apenas iban llegando a ella. Volvió el “Huáscar” a retirarse rápidamente de nuestro costado sin haber conseguido nuestra gente efectuar un verdadero abordaje. Por tercera vez vuelve el “Huáscar” a repetir otra embestida al espolón. Esta vez hiere a la “Esmeralda” al centro de su costado de estribor, yéndose a pique pocos momentos después, con toda su tripulación y su bandera flameando en el pico del mesana.

En cada espolonazo el “Huáscar” disparaba su artillería a boca de jarro, lo que naturalmente causaba numerosas bajas en el personal y producía grandes destrozos en el material; y, así como en el primero, el espolón no pudo perforar el costado, a causa de las líneas entrantes del casco, eran salientes o rectas, inundando la santabárbara con el segundo espolonazo, casi partiendo el buque con el tercero.

La “Esmeralda” se hundió, sumergiéndose primeramente de proa, lo que hizo que la gente fuera corriéndose a popa, y así se vio desaparecer el palo de trinquete, después el mayor y, por último el de mesana, con la bandera al pico, que fue lo último en desaparecer de la superficie. En este solemne momento, yo me encontraba en cubierta, adonde había bajado poco antes del tercer espolonazo, a fin de ayudar a la gente que hacía fuego con el cañón de popa a la batería de tierra; pero al ver el resultado del choque., procedí a despojarme de la ropa exterior, y luego a echarme al agua por la porta de la batería más inmediata, procurando nadar; pero, a causa del remolino que formaron las aguas, al hundirse la vieja corbeta, me sentí llevado por ellas en tal forma que, siendo buen nadador, no pude evadir su influencia, hasta que la misma reacción de ellas al detener el barco sobre el fondo del mar, que ahí tenía 19 brazas de profundidad (36 metros), ellas mismas me ayudaron a volver a la superficie, no sin haber tragado antes una bueno porción de agua .

Al volver a respirar el aire, me encontré cerca de un soldado de la guarnición, que batallaba por mantenerse a flote, y, como al lado flotaban un par de coyes le pasé uno de ellos, y, unido del otro me aparté, en tanto, diciéndole se sacara la ropa y los zapatos, mientras yo me despojaba de la que aún tenía puesta.

Una vez a flote, y más tranquilo para poder tomar una resolución, vimos desde luego, formando un círculo alrededor del punto en que el noble barco fue hundido, todos los objetos flotantes y el personal sobreviviente de él, y en esta situación, pensé, primeramente, en buscar adónde podría dirigir mis esfuerzos a fin de encontrar un refugio, convenciéndome, luego, de que a nado no podría llegar a punto alguno de la costa, y sentí la esperanza de que fuera para recoger a los náufragos. Efectivamente, así sucedió; venía a cargo de un joven oficial, armado de espada y revólver, como en combate, y con un suboficial hacha en mano, listo para cortar las manos, si, en su desesperación, los que estaban por ahogarse, aferrados a la borda del bote, pudieran hacerlo zozobrar; parece que no llegó el caso de hacerlo, pues las fatigas del largo combate, la zambullida y la permanencia en el agua nos tenían aniquilados. Sólo quedábamos vivos los que no habíamos sufrido herida alguna y podíamos mantenernos a flote.

El bote fue recogiendo uno a uno los sobrevivientes y llevados a bordo del monitor, donde, al recibirnos, se nos preguntaba el grado y clase a que pertenecíamos; pero llegábamos en general, completamente desnudos; los oficiales fueron hospedados en la cámara del Comandante y la tripulación en los entrepuentes. Al dirigirnos a popa pudimos ver, tendidos sobre cubierta, los cadáveres de nuestro heroico Comandante Prat y del Sargento Aldea, cubriéndoles la cabeza un paño blanco.

Reunidos en la cámara, pudimos ver, entonces, que, de los 17 oficiales que componían la dotación de la “Esmeralda”., sólo quedaban 9, y además el ingeniero civil don A. Cabrera, faltando todo el personal de máquina el que permaneció en su puesto, esperando la orden de subir a cubierta, que debía llevarles el ingeniero primero señor Hyatt; pero que nunca llegó, pues, a recibir la autorización del Comandante Prat, del Teniente Serrano y del Guardiamarina Riquelme, que tanto hicieron por la gloria de la patria.

Los oficiales peruanos que vinieron a la cámara nos trajeron toallas, para secar nuestros cuerpos mojados, y luego después algo de ropas del uniforme de la marinería, para cubrirnos. En estas circunstancias, vino gente para desguarnir el manejo del timón para combate y, poco después de terminado, sentíamos por el ruido de la hélice, que el monitor se suponía en movimiento, lentamente al principio y después a toda fuerza, y al observar un compás de colgar, que había en la cámara, se pudo ver que se navegaba con rumbo al sur.

Nos acompañaban en la cámara uno de dos oficiales que se renovaban y entre ellos se hallaba el doctor Talavera, del “Huáscar”, quien se acercó a su colega de la “Esmeralda” doctor Cornelio Guzmán. Este, en la conversación, le preguntó por el Teniente Serrano, y aquel le respondió que sus heridas eran muy graves, invitándolo, después, a ver a los heridos, y ambos se marcharon juntos.

En cierto momento uno de nosotros preguntó a uno de los oficiales peruanos se sabían algo de la suerte corrida por la Covadonga, contestando; “como ustedes vieron, iba perseguida por la Independencia, y sin duda habrá corrido la misma suerte que la “Esmeralda” pero como la perdimos de vista aún no sabemos el resultado exacto.

Habíamos navegando cerca de una hora cuando sentimos parar el movimiento de la hélice y poco después, el ruido de la cadena cuando cae el ancla para fondear. Habíamos llegado a Iquique donde se acercó a nosotros el Comandante Grau, diciendo que necesitando continuar expedicionando con su buque, le era necesario desembarcarnos enseguida “quedando Uds., nos agregó, a cargo de la autoridades militares en tierra, en calidad de prisioneros de guerra”, deseando que tal condición nos fuera lo menos desagradable posible.

Inmediatamente subimos a cubierta, y en seguida bajamos al bote que debía conducirnos a tierra, para desembarcar por el muelle de pasajeros, donde se había reunido un numeroso gentío.

Desembarcamos los diez oficiales prisioneros, custodiados por cinco oficiales del “Huáscar”, y, al pasar entre la multitud reunida no faltó un exaltado que nos hiciera manifestaciones de sus sentimientos hostiles; pero uno de los oficiales peruanos que nos acompañaba le reprochó su actitud diciéndole: “No es noble ofender a prisioneros que, como tales, no pueden defenderse”. Así llegamos al edificio de la Aduana donde se nos hizo subir a los altos, y en seguida se nos llevó a la presencia del General Buendía, jefe de las fuerzas militares acantonadas en esa zona, a cuyas órdenes debíamos quedar desde ese momento, tomándose nuestros nombres y grados correspondientes.

Terminado este acto, se retiraron los oficiales del “Huáscar”, y el General Buendía se acercó a nosotros, para manifestarnos que nos recibía como prisioneros, en cumplimiento de las leyes de la guerra, y agregó: “pero creo cumplir con un deber de lealtad de soldado, reconociendo, a la vez, el heroico comportamiento de Uds., defendiendo vuestra bandera; los hombres que así se baten engrandecen a la humanidad entera. Ahora, como supongo estarán Uds., fatigados con los esfuerzos realizados, voy a invitarlos a tomar una pequeña colación, que espero los reconforte en algo”. Realmente, tanto las palabras del General como su amable invitación, nos repusieron el espíritu y el cuerpo.

De aquí fuimos llevados a un cuartel de bomberos pertenecientes a la Compañía Austrohúngara, donde fuimos alojados provisionalmente, y custodiados por un piquete militar a cargo de un joven oficial. Al entrar al departamento, que era la misma sala de bomba con puerta a la calle, y, por lo tanto, espaciosa, se nos indicó al fondo de ella, nuestro alojamiento, el que consistía en unos diez colchones tendidos sobre el suelo, y sobre ellos tiradas otras tantas almohadas, con una frazada cada uno, cuyo aspecto de limpieza poco invitaba a tenderse sobre ellas.

Ante este espectáculo, nos resignamos a contemplarlo, diciéndonos en voz baja: “Si no podemos disponer de algo mejor, es necesario contentarse con lo que se tiene, y como ya eran cerca de las 10 horas de la noche, y las fatigas de la jornada de ese día nos tenían algo agotadas las fuerzas, nos tendimos silenciosamente, sobre el lecho que cada uno había tomado, y, en verdad, no tardamos en dormirnos hasta el día siguiente temprano, en que, al despertar comenzó la charla íntima entre nosotros.

Uno de los primeros temas fue referente a los compañeros de la “Covadonga”, de quienes aun no obteníamos noticias. Recuerdo que el Guardiamarina Zegers, el más joven de todos los prisioneros, se acercó luego a conversar con el joven oficial peruano que montaba la guardia; pero no pudo sacar nada concreto a ese respecto, sino que le parecía que estaban también prisioneros como nosotros, pero que aun no habían llegado a Iquique. Rodó luego la conversación sobre el combate de la “Esmeralda”, pues el Comandante Uribe deseaba tomar nota de todos los detalles principales, a fin de confeccionar el parte que debía elevar a la Comandancia General de Marina, ya que al Comandante en Jefe de la Escuadra no se lo permitirían, ni tampoco ésta había regresado a Iquique.

Esa misma mañana, vino a vernos el ciudadano español señor Llanos, quien nos manifestó que, facultado por las autoridades peruanas, y como miembro de la Sociedad de Beneficencia Española, deseaba darles una modesta pero conveniente sepultura a los cadáveres de los oficiales de la “Esmeralda”, que sucumbieron a bordo del “Huáscar”.

Tan noble como espontánea actitud de este caballero fue grata y debidamente apreciada por todos y cada uno de nosotros, asegurando al señor Llanos que, en igual forma, sería también estimada por el gobierno y el pueblo chileno.

Cerca del mediodía, se presentaron ante nosotros un par de chinos, trayendo una gran olla y unos diez platos de lata y otras tantas cucharas. Fue tan unánime nuestra repulsión ante aquella escena, que al ofrecérsenos el almuerzo, y sin haber hablado una palabra entre nosotros, se les rechazó la oferta, tercamente, diciéndoles: “¡No almorzamos!” Una media hora después vino a vernos el Coronel Velarde, Jefe de Estado Mayor de la zona, quien, tan luego como se impuso de lo ocurrido, nos dijo: “Excusen Uds. lo sucedido; seguramente no habrán llegado las órdenes que se han dado; pero de aquí voy a ver quién ha enviado a esos chinos”. Efectivamente, nos sirvieron después un excelente almuerzo, traído desde el Club de Iquique.

Al día siguiente, en la tarde tuvimos la visita del General Don Mariano Ignacio Prado, Presidente del Perú, quien nos dijo deseaba imponerse de nuestra situación, la que, en todo caso, comprendía no podía ser del todo confortadora; pero esperaba la soportáramos pacientemente, hasta que la suerte de las armas resolviera las diferencias políticas que ocasionaron la guerra, la que él procuró evitar, haciendo todo lo posible, hasta que la contienda estalló, y no hubo otro camino que aceptarla, despidiéndose después, deseándonos lealtad y resignación.

El día 29 se presentó ante nosotros el Teniente Ferrer, ayudante de bandera del Comandante Grau del “Huáscar”, trayendo un rollo de bandera al brazo. Este oficial fue uno de los que más nos acompañó a bordo del monitor, y por su carácter vivo y expansivo, se nos hizo simpático. Al saludarnos, nos preguntó como estábamos servidos; nos agregó que regresaría esa mañana de su expedición al sur y al preguntarle por la bandera que traía, nos respondió desplegándola: “Como ven Uds. Es nuestro hermoso pabellón, el que viene de cubrir el ataúd del Teniente Velarde, que cayó herido de gravedad en el combate del día 21, de cuyos funerales regreso ahora para volver a mi barco.

Como notó una pausa de silencio después de esto, nos dice: “Pero Uds. parecen estar algo abatidos, lo que no es extraño en la condición de prisioneros en que están; pero no debería ser así, porque el resultado del combate del 21 si Uds. perdieron la “Esmeralda”, en cambio nosotros perdimos la “Independencia”. Nuestro asombro fue tan grande, que casi a la vez exclamamos: “¿Pero cómo? respondiendo: “Si, persiguiendo a la “Covadonga”, al embestirla con su espolón, chocó contra una roca ahogada, frente a Punta Gruesa, yéndose a pique, y así la cañonera pudo escapar y se despidió de nosotros, diciéndonos: “Bueno pues, espero que la noticia les haga cambiar el ánimo, y será hasta que nos volvamos a ver, y si no será hasta el valle de Josafat que así es la suerte de la guerra”. Le agradecimos, sin duda sinceramente, la noticia, que realmente venía a sacarnos de la monotonía de nuestra situación, y le significamos nuestros buenos deseos de volvernos a encontrar nuevamente, en otras condiciones. (El Teniente Ferrer murió después en el combate de Angamos, el 8 de octubre, probablemente junto con su jefe, el Almirante Grau).

Al marcharse el Teniente Ferrer y quedar solos, nuestro asombro aun permanecía vivo, admirando la suerte del Comandante Condell, y entonces el Teniente Uribe, nos dice: “Esa es la estrella de Condell, la que durante toda su vida le ha favorecido decididamente, en cuanta facilidad se le presentó”. Condell, al adoptar la táctica que siguió, hizo lo de Nelson y de Cochrane; no se sometió ciegamente a las instrucciones recibidas de su jefe, sino que, viendo claramente su situación, produjo la división de la acción en dos combates singulares, a fin de tentar la suerte en otra forma que la que se vio obligado a aceptar su compañero, el Capitán Prat, y con ello obtuvo la fortuna, evidentemente inesperada, del completo naufragio de su contendor, inmensamente más potente que él en todos sentidos, dando como resultado final que la ofensiva de las fuerzas peruanas, tan seguras y eficazmente preparadas, contra las fuerzas bloqueadoras de Iquique, tan mal y descuidadamente mantenidas, transformara la victoria más segura de aquéllas, en el más tremendo fracaso que era posible imaginar.

Más tarde, al regresar a Chile, después de canjear los prisioneros chilenos por los del “Huáscar” y de la “Pilcomayo”, conversando con el Capitán Condell, a este respecto, le pregunté por qué había hecho caso omiso de las instrucciones del Capitán Prat, y me respondió: “Porque vi claramente que Uds. no tenían otra solución que rendirse o irse pique, por esto me decidí a buscar mejor suerte”. Solo entonces me impuse del hecho de

que el “Huáscar” no continuó persiguiéndolo, por la noticia que, inconscientemente, dio el cirujano Guzmán al Oficial peruano, de que la Covadonga andaba 9 millas; y como el Huáscar daba 10, sólo tenía una milla de ventaja para ganar las 9 ó 10 que faltaban, llegándole así la oscuridad de la noche s i continuaba la caza.

Uno o dos días después se nos trasladó a una de las piezas de los altos del edificio de la aduana, donde también se encontraban hospedados los suboficiales, clases y marineros sobrevivientes de la “Esmeralda”, en una de las cuadras del piso bajo. Aquí, como en el cuartel de bomberos, dormíamos en camas a suelo raso; pero teníamos una mesa para comer y sillas en que sentarnos, aunque el servicio sanitario consistía en un barril, en un cuartucho al lado del dormitorio.

Mientras estábamos aquí, entre las pocas personas que nos visitaron, debo recordar al secretario privado del General Prado, quien, al presentarse, preguntó por el Señor Wilson. Al oír esto, me acerqué a él, y me dijo que deseaba hablar privadamente conmigo; apartándonos a un rincón del cuarto, me dijo quién era y que venía de parte del señor General Prado, para ofrecerme que pasara la prisión en una casa de familia honorable, en Arequipa o en Lima, a lo que respondí agradeciendo; pero, a la vez, que no me era posible aceptar esta excepción, pues era natural que debía correr la misma suerte que mis demás compañeros. Estimando debidamente esta respuesta, el señor secretario me aseguró que así lo haría presente al señor Prado era debida la consideración de que mi cuñado Vicente Santa Cruz era su apoderado en Chile, para atender su intereses particulares. Otra de las visitas fue la del Presidente de Bolivia, General don Hilarión Daza, quién, después de saludarnos militarmente, durante un instante, se retiró sin más asunto.

En esos días regresó la Escuadra Chilena, la que restableció el bloqueo inmediatamente, según supimos por unos tiros que dirigió contra las resacadoras de agua. En la noche del 10 de Julio, volvimos a sentir algunos tiros de cañón. Se nos dijo después que era el “Huáscar”, que había entrado al puerto, para sorprender a los buques fondeados.

Dos o tres días más tarde, los disparos de la Escuadra tomaron un aspecto más serio para la población: así, dos granadas estallaron esa noche en el edificio de la Aduana, donde estaban hospedados los prisioneros de la “Esmeralda” y detrás del cual se había refugiado un numeroso gentío.

Una de ella mató al centinela que guardaba la entrada y los cascos de la otra atravesaron el cuarto en que estábamos hospedados los oficiales prisioneros. Con tal motivo, la gente, indignada, gritaba contra nosotros, llamándonos cobardes asesinos.

En tales momentos, se acercaron a nosotros el General Buendía y el General López Lavalle, Prefecto de Iquique, para asegurarnos que no temiéramos a los gritos del pueblo reunido bajo nuestra ventana; que ahí estaban ellos, para impedir toda intentona hostil contra nosotros, agregando que no comprendían la razón del ataque de nuestra Escuadra, pues, tanto durante el día como en la noche, les constaba que nada, absolutamente nada, se había movido o intentado contra nuestras naves; “no obstante”, añadían, “hemos sentido primeramente, un fuego de fusilería y ametralladora, y después han venido los tiros de cañón que Uds. han sentido de los cuales como Uds. ven, han aceptado, puede decirse, milagrosamente”. Agradecimos esta atención de los señores generales, manifestándoles que, por sus informaciones podría ser una falsa alarma que excitó la vigilancia de la Escuadra bloqueadora, y en represalia han disparado sobre la población.

Después de esta escena inesperada, cesaron los disparos y todo fue volviendo a la tranquilidad, hasta que amaneció el día, y, por el movimiento que se notaba en las oficinas del edificio ocupado por la superioridad militar y autoridades locales, algo anormal pasaba. Como a las 10 hrs. de la mañana volvieron a vernos los generales Buendía y López Lavalle, acompañados del cónsul de S. M. Británica, para manifestarle al Comandante Uribe que la población alarmada con lo sucedido en la noche anterior, había solicitad del decano del cuerpo consular y de las autoridades locales que pidieran al jefe de la Escuadra bloqueadora alguna consideración para los habitantes no combatientes y extranjeros residentes, como un sentimiento humanitario; darles algún aviso previo, antes de hacer fuego, e indicarles un lugar de refugio, en caso de ataque inesperado.

El Comandante Uribe, después de oír esta petición, contestó, diciendo que, en su calidad de prisionero de guerra, no veía como podría dirigirse al Comandante en Jefe de la Escuadra bloqueador a y transmitirle un mensaje de tal naturaleza, por muy buena voluntad que tuviera. Se le indicó, entonces, que el señor Cónsul de su S. M. Británica podría llevar a bordo del buque jefe una carta, en la que podría agregar que los prisioneros estaban hospedados en el edificio de la aduana. Después de considerar la cuestión insistiendo los visitantes en que una misiva de parte del Comandante Uribe sería de utilidad para el señor Cónsul, al hablar con el Almirante Williams, escribió lo siguiente, más o menos, según mis recuerdos: “A pedido de la autoridad local y decano del cuerpo consular de Iquique, me permito dirigirme a VS. poniendo en su conocimiento que los prisioneros de la “Esmeralda” se encuentran hospedados en el edificio de la aduana. Saluda a Us. – L. Uribe”. Al leer esto los señores generales estimaron que no podía decirse algo más lacónico, pero que así la enviarían con el señor Cónsul de su S. M. Británica, retirándose en seguida.

La contestación del Almirante Williams Rebolledo fue también por el estilo, según se nos dijo después, y ella era el tenor siguiente, según mis recuerdos: “Que la noche anterior los centinelas habían dado la alarma de un intento de ataque por una embarcación, lo que confirmaba la noticia que tenía, que en tierra se preparaba un ataque de torpedo contra la Escuadra, y ésta fue la causa de los disparos, en represalia de tal intento; y, en cuanto a los prisioneros de la “Esmeralda”, los combatientes y los extranjeros, no cabe pedirme consideraciones humanitarias, desde que a mí, como jefe de la Escuadra bloqueadora, no me afecta responsabilidad alguna, en resguardo de sus vidas; estamos en estado de guerra, y, por lo tanto, si necesito operar contra las fuerzas de tierra, no me será dado tomar en cuenta tales consideraciones; es a las autoridades peruanas a quienes corresponde tomar las medidas para proteger a la gente que tiene a sus órdenes, al frente del enemigo, como también los mismos habitantes deben tener presente esta situación, para cuidar sus propias personas. Además, no soy yo quien tiene a los prisioneros de la “Esmeralda” donde están ni me afecta, tampoco, responsabilidad sobre la suerte que el Perú quiera darles; es él quien dispone de ellos.

Así permanecimos hasta principios de Agosto, en que la Escuadra Chilena abandonó el bloqueo de Iquique y en esos días los oficiales prisioneros fuimos trasladados, reuniéndonos con los prisioneros del “Rimac”, transporte en el cual fue tomado el regimiento Carabineros de Yungay, y donde permanecimos hasta ser canjeados por los prisioneros del “Huáscar” y de la “Pilcomayo”.

Esta narración es la expresión exacta de cuándo hice, vi, oí y sentí en aquella acción naval, en que me tocó actuar como Comandante de la guardia al reconocer al enemigo, como oficial de navegación y luego como ayudante del Comandante Prat, a cuyas órdenes me puse, al bajar de la cofa de mesana, estimando que no era ya necesaria tal obligación, al tomar el “Huáscar” la posición cercana a la isleta del Faro, lo que aceptó complacido el Comandante, diciéndome: “Muy bien, pues, puedo necesitarlo para impartir órdenes urgentes” lo cual no tardó en suceder, cuando vio que el “Huáscar” maniobraba para embestirnos, ordenándome correr hasta la máquina, con la orden para el ingeniero Hyatt.

Mucho se escribió en aquella época, referente a esta acción naval, pues su resultado conmovió a la opinión pública de Chile y aún a la prensa peruana de Iquique, la que, en los primeros momentos, encomió francamente la conducta de los defensores de la vieja corbeta, no tardando, sin embargo, en reaccionar, al reconocer la opinión chilena, llegando hasta hacer el ridículo, al referirse al estado en que llegamos a bordo del “Huáscar”, cuando fuimos recogidos del agua, y llamándonos “héroes desnudos”. Sin duda que los cronistas han exagerado de un lado y otro, según el efecto que deseaban producir en sus lectores; pero, desde el punto de vista militar, se habrá visto, en lo que dejo narrado, que después del combate, tanto vencedores como vencidos, a bordo del “Huáscar”, se trataron cortésmente, pues ambos habían cumplido lealmente con su deber, defendiendo a sus respectivas patrias.

No hubo ni verdugos, ni mártires, como algunos escritores en su fantasía, han dicho, sino, simplemente, combatientes que defendían una noble causa que sus gobiernos no habían podido arreglar pacíficamente, y que, por lo tanto, debía ser resuelta por la fuerza de las armas. Ya sabemos que en el mar no hay más alternativa que rendirse o irse a pique; y como la vieja corbeta prefirió hundirse antes que rendirse, al “Huáscar” le correspondió cumplir con sus deseos.

Es en vista de estas consideraciones que, cuando leo al frente del monumento a las glorias de la “Esmeralda”, en Valparaíso, la inscripción: “La patria a sus héroes mártires,” me he permitido protestar de esta palabra mártir que creo impropia, pues, como digo, ambos beligerantes estaban armados y bien conscientes de los que hacían; no tenían más presión que el amor a la patria, y estaban dispuestos a sacrificarlo todo por ella. Que uno era inmensamente más potente que el otro, así lo quiso la suerte de la guerra; en cambio, en el caso de la “Covadonga”, esto fue a la inversa; el afortunado fue el inmensamente más débil, y no faltaron escritores, en el Perú que llamaron a Condell, cruel y sanguinario, porque no se detuvo a socorrer a los náufragos, cuando a la vista del Huáscar, decidió huir, antes que volver para dejarse coger.

Esto viene, pues, a probar que aún ante fuerzas superiores puede obtenerse una decisiva ventaja militar y bastará, para ello, que sus comandantes tengan, en cambio, sus corazones blindados. Así, vemos que, sin ponerse de acuerdo, la “Esmeralda” resistiendo hasta hundirse con toda su tripulación y su bandera al tope, da lugar a que la “Covadonga” aproveche la ocasión para escapar al sur, resistiendo a su tenaz perseguidor, el que también la embiste por tres veces, con su espolón, y se va, igualmente, a pique chocando contra una roca ahogada, al intentar su tercer ataque, y terminando, así, la acción general, que con tanta seguridad había preparado al Perú, en un desastre que le costaba la pérdida de su más veloz y eficiente nave de combate, restándole con ello casi la mitad de su poder naval. Creo, pues, mi querida Carmen, que con esto habré cumplido con los deseos de nuestro amigo don Agustín Edwards.

BIBLIOGRAFÍA:

Wilson, Arturo. Recuerdos del Combate Naval de Iquique. El 21 de mayo de 1879. Imprenta de la Armada, Valparaíso, 1927.