Rostros 3

Rostros 4Hace unos días me encontré con el Chepa a la salida del Bellas Artes. No nos veíamos desde el funeral del Negro en octubre. Estaba alto. Me abrazó con un abrazo que olía a nostalgia y a esa madurez súbita que sólo acarrea la muerte de quien se ama.

Eran pasadas las nueve. Nos miramos y miramos a coro las estrellas, como hacía siempre el Negro tras una larga jornada de trabajo.

“Oiga, me gusta mirar las estrellas, ¿sabe? Porque la vida de las estrellas es muy larga, según me enseñó un profesor; tan larga, que a veces me las imagino existiendo para siempre. Sí: infinitas. Yo sé que las estrellas en algún momento mueren. Pero a mí me gusta imaginar que no. Porque me gusta imaginarme lo Infinito”.

Palabras así, pronunciadas por alguien cuya edad no llega ni a la mitad de la propia, llevan a un lugar desde el que más tarde duele salir.

“A mí también me gusta mucho mirar las estrellas, Chepa”, le contesté con una sonrisa que se me resbaló de la cara. “Pero más me gusta mirar los rostros que pasan a mi lado durante el día. Porque cada rostro es infinito. Las estrellas mueren, es cierto; pero los rostros no mueren. Todos los rostros somos infinitos”.

“¿Cómo así?”. El brillo de su mirada triste desafió incrédulo mis afirmaciones.

“Así como lo oyes: cada rostro oculta y desvela un alma misteriosa, que existe desde una vez y hasta siempre. Por Uno que es desde siempre. Quien muere vive para siempre, y quien vive sin saberse peregrino de lo absoluto muere en vida sin notarlo”.

“Desde hoy miraré los rostros en vez de las estrellas”. Me contestó el Chepa mirándome a los ojos como quien mira a la Eternidad.