Amar en Invierno

 

Es pleno invierno; no parece un momento adecuado para escribir sobre el amor. ¿Sobre el amor? ¿De qué amor me hablan? Lo que una palabra gana en extensión lo pierde en profundidad, decía Spinoza. La pobrecita tiene apenas cuatro letras y veinte significados: si nos remontamos a marzo pasado, en Hippie parecía sinónimo de “paz, flaco;” en pocos días más nos la presentarán como Tentación, asociada a las preferencias carnales; en la primavera entrante, todo adolescente la vinculará con sus sentimientos de benevolencia; por allá por diciembre será la palanca comercial navideña y, al llegar el verano, nos las recordarán en el cuarteto “playa, arena, sol y amor;” Mekano e imitadores se encargarán entonces de contarnos los amores que ellas y ellos, bellas y bellos, se intercambiarán animadamente. Quizás, por eso mismo, sea el pleno invierno el mejor momento para escribir sobre el amor verdadero; y además, justo antes de vacaciones. Sí, ahora, al terminar la primera parte del año, con frío y con un poco de cansancio, con unos cuantos fracasos ya acumulados en el 2004, con algo de malestar o incluso de furia, es bueno pensar en el amor. No en el amorrrrrrr, tan banal como latigudo, sino en aquel otro, el verdadero, el esforzado y ordenado ejercicio de la voluntad, que se practica en beneficio ajeno -de Dios, la patria, la familia, los amigos, todos las personas- con frío, cansados, molestos o incluso superando la rabia.

Ahí se prueba el amor verdadero, cuando las condiciones son desfavorables -¿existe algo así como “las condiciones favorables”? se preguntaba C. S. Lewis- justo cuando se añora un momento idílico, que nunca llegará. Amar en invierno es posible, siempre que precisemos cómo se concreta la palabrita.

Unos pocos ejemplos. Lo he visto en cientos de estudiantes que frente al desafío de unos duros exámenes se han superado hora a hora en un estudio constante, con vistas a servir mejor a su país, con la mirada puesta en un matrimonio cercano que depende de sus egresos, o incluso, por el simple hecho de agradar a Dios con un esfuerzo silencioso que colabora con su creación. Lo he visto en quienes han perseverado en una acción judicial hasta ahora exitosa, para salvar, por amor, las vidas de los inocentes engendrados a la mala y las vidas de las mujeres potencialmente culpables de un aborto.

Lo vamos a ver en los miles de universitarios y secundarios que en los próximos días tomarán sus mochilas, dejarán sus comodidades y levantarán casas, pintarán escuelas, enseñarán la fe, construirán baños, limpiarán el barro, arreglarán techos, entregarán consuelos, se harán mejores personas.

O sea, el amor es la construcción paciente de un ideal, el desarrollo esforzado de un propósito noble, la consumación sacrificada de una entrega. Y nada tiene de desencarnado un amor así; incluso, nada tiene de frío. Por el contrario, en cada una de esas acciones se pone toda la carne en el asador, se ama con toda pasión, sin necesidad de erotismos ni sentimentalismos.

Por eso, en el invierno con su gris entorno es más fácil apreciar que el amor, cuando es verdadero, “no viene de la tierra,” como decía Frossard.

Julio 2014