Sinodo3

Sinodo1Se ha sentado el precedente de que la doctrina perenne de la Iglesia puede ser cuestionada y, por lo tanto, reemplazada por el sentir de algunos que, perdida la fe, creen que sus ideas pueden prevalecer por sobre lo que Dios mismo ha establecido, por intermedio de su Iglesia.

Es increíble lo poco que las noticias más relevantes, en materia religiosa, aparecen en la prensa chilena. De alguna manera, pareciera como que la Iglesia Católica, a cuya fe dice adherir la mayor parte de los chilenos, ha desaparecido de la escena nacional

No obstante, de tarde en tarde, aparece en algún diario, un comentario de algún catequista bien intencionado, pero muy mal inspirado, intentando explicar lo inexplicable, con palabras de buena crianza, pero con un lamentable desconocimiento de la verdad. Por tanto, estas líneas van claramente en contra de la corriente y del viento.

¿Cuántos chilenos se enteraron de la realización del Sínodo de la Familia, cuya primera sesión se celebró en octubre del año pasado y de la segunda sesión, de tres semanas, que acaba de concluir? No creo que más de un puñado de connacionales tuvo alguna noción de lo que se estaba gestando en el sínodo, que, no obstante, contó con una nutrida concurrencia de periodistas acreditados.

¿Cuál es la importancia de este sínodo? Se suponía que trataría de temas relacionados con la familia, sin embargo, terminó siendo un campo de batalla entre los liberales, partidarios de dar reconocimiento a las relaciones y uniones entre homosexuales y de permitir el acceso a la Santa Comunión a los divorciados y vueltos a casar por lo civil y, enfrentados a estos, los tradicionalistas, en materia moral al  menos, defensores de la recta doctrina acerca de la sexualidad y de la sacralidad e indisolubilidad del matrimonio.

Es decir, en buen castellano, lo que estaba en juego era la doctrina católica respecto de la sexualidad, por una parte y, por otra, el sacramento del matrimonio, tal como fue instituido por Cristo y defendido por la Iglesia, a través de toda su historia.

El grupo liberal contó con el decidido apoyo del Papa Francisco, que adoptó todas las medidas para que este grupo se impusiera, sin embargo, el resultado final del sínodo mostró una amplia mayoría de participantes, (alrededor de 300 cardenales y obispos integraron el sínodo) no dispuesta a ceder en cuestiones que la doctrina imperturbable de la Iglesia ya definió hace largo rato.

Si bien es cierto que la doctrina católica no sufrió menoscabos aparentes, al menos en lo que a la redacción del documento final del sínodo (palabra de origen griego, equivalente a “concilio”, consejo o reunión, en latín), se refiere, hay dos hechos de extrema gravedad, que no pueden ser pasados por alto:

En primer lugar, está el hecho de que parece de la mayor gravedad que los mecanismos creados por la Iglesia, para tratar cuestiones de la máxima importancia, terminen por ser empleados para destruir o menoscabar la doctrina católica que, por definición, no puede estar sujeta a cambios, pues, directa o indirectamente, arranca de datos revelados por el propìo Dios: peor aun, de alguna manera, esto se ha convertido en costumbre, no ya en círculos que poco o nada entienden de la doctrina católica, sino por quienes, por estar en posesión de elevados cargos eclesiásticos, están llamados a preservar los principios de la fe y no a cuestionarlos, bajo el pretexto que una cosa es la doctrina y algo muy diferente, es la puesta en práctica de los principios que la inspiran. La puesta en práctica no puede hacerse desentendiéndose de la doctrina, so pretexto de que la doctrina atentaría contra la misericordia divina, como si la propia doctrina no fuera la expresión de la voluntad y misericordia divinas.

De lo anterior, se desprende el segundo hecho gravísimo: se ha sentado el precedente de que la doctrina perenne de la Iglesia puede ser cuestionada impunemente y, por tanto, reemplazada por el sentir de algunos que, perdida la fe, creen que sus ideas pueden prevalecer por sobre lo que Dios mismo ha establecido, por intermedio de Su Iglesia. Como consecuencia, con toda seguridad veremos a muchos sacerdotes y prelados, actuando como les venga su regalada gana. De hecho, tal ha sido la costumbre en numerosos lugares, en abierta violación de normas emanadas de la única autoridad que está por sobre toda la Iglesia, la Cátedra de Pedro o, en palabras más simples, el Papa.

El pueblo, aún cuando se percata de tales violaciones, se muestra indiferente o se siente impotente para hacer ver su malestar, desconociendo que la legislación de la Iglesia concede a todo fiel, el derecho, cuando no el deber de alzar su voz, por los medios que la propia legislación (el Código de Derecho Canónico, que se puede consultar en la web) le pone a disposición.

Es deber de todo hijo el velar por el bienestar de sus padres, llegada la vejez o la incapacidad de estos. Otro tanto ocurre con los hijos de la iglesia: los fieles tenemos el deber de cuidar a nuestra Madre, de defenderla de los ataques de sus enemigos, internos o externos.

En el caso del sínodo recientemente clausurado, muchos miles de católicos expusieron, por los medios regulares, sus aprehensiones acerca del sínodo. ¿Cuánto pesaron en el ánimo de los Padres Sinodales o del Papa, tales expresiones? Es difícil de decir, pero si a tales protestas se unió la oración y alguna penitencia, probablemente el resultado del sínodo resultó en un daño menor al que se temía que se tuviera.

Falta ahora, la conclusión de la maniobra: lo que el Papa decida (solo él puede determinar lo que en definitiva, se haga).

Otro poco de historia: Antes de que se iniciara la segunda sesión del Sínodo de la Familia (4 al 25 de octubre), los más representativos prelados de la Iglesia en Alemania, amenazaron abiertamente al Papa de que, si no se les concedía lo que, como liberales, querían, se declararían en cisma, es decir, se pondrían fuera de la Iglesia, desconociendo la autoridad papal. Uno de tales prelados llegó a decir que la Iglesia de Alemania “no era una sucursal de Roma”. Es una presión ciertamente indebida, pero existió y algo pesará en el ánimo papal, cuando deba pronunciarse definitivamente acerca de los temas abordados. En mi modesta opinión, lo que habrán logrado es una “solución de compromiso”. En materia de fe, las soluciones de compromiso, tan frecuentes después del Concilio Vaticano II, terminan por derrumbar en parte, el edificio de la fe, porque dan pábulo, a la larga, para hacer lo que a cada cual le parezca, como ha ocurrido con el tema de la comunión de pie y en la mano, formalmente prohibida, pero permitida, bajo ciertas excepciones. A la larga, las excepciones terminaron por ser tantas, que hoy son la norma y se practica lo prohibido, en todas partes.

Probablemente lo que ocurrirá, independientemente de lo que decida el Papa, es que se seguirán celebrando “matrimonios” entre homosexuales (práctica común en muchos lugares en Europa) y que, naturalmente, no producen ningún efecto sacramental y se dará la Comunión a muchos divorciados y vueltos a casar por lo civil, con pleno conocimiento de estas situaciones, por el sacerdote celebrante o el obispo respectivo, que con su actitud, demuestran claramente oponerse a la indisolubilidad del matrimonio católico y a la condena de la Iglesia, a la homosexualidad. Los culpables de estas gravísimas violaciones nunca son sancionados y, por tanto, inspiran a otros a seguir sus malos ejemplos.

Lamentablemente, para quienes creemos en la imperturbable doctrina católica en estas materias, las actitudes y dichos del Santo Padre, antes y durante el sínodo, así como sus palabras al clausurar el encuentro, en nada contribuyen a aquietar las aguas. El discurso de clausura nos dejó la clara impresión de que al Papa el resultado, o sea el documento final, no le agradó, en absoluto. Seguiremos en la duda, hasta que “salga humo blanco”.

Si hubo un perdedor, en este sínodo, ciertamente que fue la doctrina imperecedera de la Iglesia y, con ello, más confusión entre los fieles, especialmente respecto de lo que significa el matrimonio católico (heterosexual y perpetuo) y acerca de qué pensar y cómo actuar en relación con la homosexualidad.

¡Que Dios nos ampare!