ARAUCANÍA3

ARAUCANÍA1Suele llamarse estado fallido al ente político, de nivel nacional, carente de capacidades para imponer a la población las instituciones que lo conforman y las leyes que ha dictado, para el logro de la paz interior y exterior. Así, Haití y algunos estados africanos han merecido, en su momento el fatal apelativo de estado fallido. La anarquía es uno de los rasgos distintivos de estos fracasos políticos, así como la violencia es el fruto característico de esta condición.

Probablemente las razones que se han dado para que Haití o el país que sea, caiga en el rubro de estado fallido, pasan por la debilidad del estado para imponer a la población, sus normas de convivencia. Debilidad que suele estar asociada a diversos factores, tales como la incapacidad para evaluar correctamente las causas del desorden de las costumbres, la escasa voluntad gubernamental para afrontar el problema, muchas veces arraigada en la simpatía de las autoridades respecto de los grupos que actúan al margen de la ley. Eso estas son, sin duda, las causas del conflicto que hoy se vive en la Araucanía.

A la debilidad y simpatía gubernamentales se atribuye fácilmente un monto no despreciable de la impunidad con que los violentistas mapuches arrasan con la vida y la propiedad privada de quienes se esfuerzan honestamente por hacer su aporte económico al país, ocupando tierras que los primeros reclaman – no sé si con razón o sin ella – para sí, por haber sido, en su momento, tierras ancestrales, se suma otro factor, no menos importante: el aliento y apoyo financiero y de otros tipos difícilmente confesables, proveniente desde el extranjero.

Veamos la debilidad: en los años en que se ha engendrado el conflicto, nunca la autoridad gubernamental ha reunido el valor, ni asignado los medios adecuados para enfrentar, como es su deber, el clima violento que se ha desarrollado. Ya vimos esta misma debilidad, en los saqueos posteriores al terremoto y maremoto en Talcahuano, el año 2010. Un estado que, a sabiendas, se niega a recurrir a los medios armados de que está provisto, en la práctica, está desarmado sicológicamente. Mientras solo hay un cierto descontento, con ligeros visos de convertirse en clima violento, no hay dudas: hay que acudir a los medios pacíficos, que permitan “enfriar” los ánimos; pero si la violencia está ya instalada, entonces al estado no le queda más recurso que apelar a la fuerza. Lo dice el lema de nuestro escudo nacional: Por la razón o la fuerza.

Para abordar el problema de la Araucanía, ciertamente hace rato que llegó la hora de oponer la fuerza, a fin de convencer a los violentistas de que lo mejor es sentarse a conversar, si es que algo desean conseguir. Pero la fuerza que se emplee no puede ser cualquier fuerza. Es indudable que la fuerza policial no basta, a menos que se esté dispuesto a volcar un inmenso contingente de Carabineros en el territorio donde se desarrollan los hechos de violencia (tan necesario en todas partes, porque la violencia ya no es patrimonio de unos pocos), pues la naturaleza de los grupos violentistas, así como el tamaño de estos ya es tal que se requiere de medios armados preparados para enfrentarse con fuerzas poderosas, dotadas con armamento militar. En otras palabras, lo que se necesita es el despliegue de unidades militares, dotadas de medios equivalentes o superiores a los de los violentistas. Pero para ello, es evidente que no hay voluntad. Y esto es notable: el mismo gobierno que insiste en mantener fuerzas militares desplegadas a miles de kilómetros, en Haití, no es capaz de hacer lo mismo, con medios que tiene al alcance de la mano, en su propio país. Un aspecto nada de despreciable a considerar es el trato dado a Carabineros. Basta y sobra con que una unidad policial deba actuar para controlar desmanes, para que de inmediato se convierta en el blanco de los ataques promovidos desde el propio gobierno, con su nefasta agencia de los derechos humanos (o como se llame). Invariablemente uno o más oficiales o suboficiales de Carabineros terminan su carrera ese mismo día. La falta de apoyo a la fuerza policial es, sin dudas, una tremenda debilidad, pues cabe preguntarse si un funcionario policial estará dispuesto a arriesgar su vida en el cumplimiento de su deber, sabiendo que su recompensa es el despido.

Ya pasó el momento del diálogo, pues con los que optan por la violencia no hay más recurso que la fuerza. La lengua, el lápiz y el papel sirven de poco frente al fusil. Es absurdo pretender sentarse a la mesa de negociaciones con los apuntes, el papel y el lápiz, cuando el del frente se sienta dejando caer sobre la mesa, el fusil AK-47 o la pistola Colt. Ya pasó el momento de controlar la situación con medios policiales, pues es evidente que este recurso no ha arredrado a los violentistas. Es la hora de las armas militares. Y, mientras más demore el Estado en responder con los medios adecuados, más fuertes se hacen sus enemigos. No hay mejor medio de fortalecer al enemigo, que mostrándose débil frente a sus acciones, pues su mal ejemplo, precisamente por estar avalado por la impunidad, invita a imitarlo. Una Europa firme y decidida, hubiera, casi con seguridad, detenido los afanes expansionistas de la Alemania nazi. Pero Hitler sabía que se enfrentaba a una Europa débil, indecisa, negligente. Se impuso el violento.

La simpatía de los gobiernos de los pasados 25 años, por las causas reivindicatorias de algunos mapuches ciertamente favorece o justifica la debilidad estatal, en este conflicto. La ideología, ese pañuelo con que sus cultores cubren sus ojos, no solo para no ver la realidad, sino para ver únicamente sus propias ideas, es la causa de esta simpatía. ¿Cómo se va a combatir lo que parece justo, aún cuando la suma de las víctimas y el total de los daños materiales provocados sean tremendos y los medios empleados para reivindicar supuestos derechos estén a años luz de lo que la razón estima adecuado para resolver las diferencias? La ideología no se detiene a contar muertos, heridos ni averías: Ninguna ideología lo ha hecho nunca. Para prueba, ahí están los más 100 millones de víctimas del comunismo, los cientos de miles de niños asesinados en el vientre materno, cada mes, en aras de un pretendido derecho de la mujer a “disponer de su cuerpo”, derecho que a los hijos que están por nacer le es negado. Pura ideología. Es la ideología la que tiene sumidas en la hambruna constante y la miseria a los pueblos de Corea del Norte, de Cuba, de Myanmar, de Venezuela, de Nicaragua y de cuanto país ha tenido la desgracia de caer en las garras de los socialismos reales. En todos estos países ha sido el estado el que ha calificado a los propietarios de la tierra de usurpadores, explotadores, etc., despojándoles pronto de sus bienes y haciendo de estos, más que medios para el bienestar nacional, instrumentos de la opresión y ejemplos de cómo convertirlos en desastres de la productividad y la eficiencia. Mientras nuestros gobernantes sigan poniendo a la ideología delante de sus ojos, poco o nada harán por enfrentar y resolver el problema. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Respecto del aliento  y apoyo extranjero, creo que ya va siendo hora de ponerle coto. No es fácil, pues las formas como este apoyo se concreta son difíciles de controlar. Pero hay medidas que sí se pueden implementar. ¿Cómo han llegado las armas a manos de los terroristas? Cuando los estados perciben que hay amenazas, pueden cerrar sus fronteras. En este caso, no se trata de aislar al país, pues la zona del conflicto es bastante acotada, por tanto, se puede disponer la prohibición de acceso a la región a ciertos o determinados extranjeros. La ideología socialista lo permite, pues así sucedió en la Unión Soviética, por décadas. Hoy lo hace EE.UU., con ciertas zonas tecnológicamente críticas. Lo grave de esto es que mientras se permita que los violentistas adquieran más fuerza, el conflicto ya no se circunscribirá a la Araucanía. Hay todo un país que es blanco potencial de ataques terroristas. Inglaterra y España saben de grupos terroristas que inicialmente solo actuaban en el territorio del que eran originarios, pero en cuanto se hicieron suficientemente poderosos, actuaron a lo largo y ancho de todo el país, donde más doliera. Cuando así suceda en Chile, el control de los medios de apoyo externos se hará difícil o imposible. Y queda pendiente otro asunto, potencialmente peligrosísimo: ¿Cuánto tardarán los grupos terroristas de la Araucanía en buscarse fuentes propias de financiamiento, como la producción y el tráfico de drogas, los asaltos a bancos y comercio, o el negocio de los secuestros, por mencionar los más recurrentes? ¿O ya lo están haciendo?

Todo cuanto hemos dicho es factible de implementar. Pueden surgir dificultades, pueden existir trabas legales, pero nada de esto implica imposibilidad. Los gobiernos de la Concertación, cuando tuvieron problemas legales para poder participar en las contiendas electorales, produjeron leyes de emergencia no en días, sino en horas. ¿Por qué no ahora?

Si se han enviado fuerzas militares a Haití, ¿por qué no a la Araucanía?

Si se ha perseguido con saña a los militares, por haber combatido a la violencia marxista, actuando, nuestros tribunales, incluso muy por fuera de los marcos que la Constitución y las leyes les fijan (en casi todos los casos, si no en todos), ¿porqué no se actúa con la misma saña con los que atentan contra el orden establecido?

¿Estamos esperando que Chile se convierta en una nueva Colombia, con millones de muertos y desplazados, con una economía arruinada, donde el único negocio próspero es el de la droga? La negligencia de los gobiernos colombianos, para combatir a los subversivos, ha tenido un costo estimado de 8 millones de muertos. ¿Cuántos estamos nosotros dispuestos a lamentar?