MUJER 3
MUJER 1Las que nacimos en el siglo pasado crecimos escuchando, de la televisión, de la publicidad y de las revistas, que las mujeres tenemos que maquillarnos mucho, pesar cuarenta kilos y vestirnos a la moda; pensar pocas ideas, hablar muchas tonteras, coquetearles a los partidos de buena billetera, y no entender ni opinar de política, “porque esas son cosas de hombre”; hacer dietas, gastar la plata en silicona y crema para las arrugas, y tener cuerpos esculturales para un día tener la dicha de que a algún hombre le interese llevarnos de llavero/adorno/trofeo por el resto de la vida, o al menos por algún tiempo de ella (¿lo que dure la belleza del cuerpo, quizás?). Nacimos, en fin, escuchando que, para ser valiosas y perfectas, las mujeres debemos ser modelos, promotoras, porristas, caras bonitas… flores. Sí, flores. Ojalá rosadas.

No recuerdo que me haya emocionado mucho la idea. Sobre todo porque desde chica que me gustan más las hojas que las flores, y más el verde que el rosado (la influencia de los pinos verdes de Viña, tal vez).

Pasaron los años, y a las que nacieron en este siglo no les fue mejor: crecieron escuchando que, para ser valiosas y perfectas, las mujeres tenemos que ser… hombres.

Ya habrá tiempo para que conversemos sobre por qué es mejor que una mujer sea mujer en vez de que sea hombre (es un tanto curioso que esa afirmación hoy exija una demostración).

Por esta vez detengámonos en lo que nos dijeron a las de los noventa, y atrevámonos a contradecirlo, aunque sea a través de palabras medio poéticas, medio botánicas: Y es que quizás tenga más sentido que una mujer no sea como una flor, sino como una hoja…

En las flores hay, claro está, mucha belleza. Pero ésa es, por así decirlo, una belleza fácil: sus colores son vistosos y sus pétalos, suaves; sus olores se perciben a kilómetros. No es de extrañar, pues, que hagamos con las flores toda clase de adornos y las pongamos en nuestros centros de mesa. Y es que las flores son universalmente atractivas.

La belleza de la hoja es, en cambio, una belleza difícil. Difícil para la hoja y difícil para quien la contempla. El afortunado que la enfrenta debe poner mucha atención para apreciar sus colores (verdes, violetas, burdeos, amarillos… naranjos infinitos); y debe aproximarse mucho a ella para descubrir su olor. Notará además que su textura, sobre todo la de la hoja de otoño, no es resbaladiza como la de una flor, sino desafiante. ¡Pero irremediablemente frágil a la vez! Y el ojo que se detenga con tiempo y paciencia a mirarla, podrá conocer incluso sus venas; y verá correr por ellas una historia de heridas, noblezas y dolores; y una savia que es riqueza.