PRAT 3

PRAT 1Se ha escrito mucho sobre Prat y todo lo que se siga haciendo no será nunca suficiente para seguir resaltando que fue un ejemplo de hidalgo honorable, marino valiente, esposo devoto, amigo fiel  y hombre de fe.

En un fugaz arranque de la imaginación, si tuviéramos a Prat con nosotros hoy, su hombría de bien ya nos estaría interrogando acerca de que ha pasado con la decencia de nuestros conciudadanos, la honestidad de los gobernantes y servidores públicos y por qué razón – como hombre de ley que era -, el  desprestigio de los poderes públicos y en especial del Poder Judicial. ¿Este es el futuro por el cual yo y mis hombres sacrificamos nuestras vidas? ¿Quiénes son, por amor a Dios, los responsables de lo que acontece en mi Patria?… Prat sacrificó su vida por nuestro futuro y nunca dudó en hacerlo. Es lo que se continúa inculcando, afortunadamente en nuestras FF.AA.

Efectivamente, si consideramos que los hombres de armas deben estar dispuestos a morir por la subsistencia de la Nación, debemos concordar que ante el legado de Prat, la unidad de principios es fundamental y por lo  tanto, no ayudan a las FF.AA, aquéllos que se esmeran en desprestigiar y proclamar otra esencia de ellas, para cambiar la naturaleza y misión de estas instituciones.

Por el contrario, la empatía entre las FF.AA. y la sociedad civil debe ser constante y todo gobierno debe propender a ello. Sus miembros, siendo diferentes, son parte de la sociedad a la cual juraron defender y ese nexo debe ser comprendido por toda la ciudadanía. Los que han jurado dar su vida por la defensa de la Patria deben estar convencidos que, lo que defienden, vale la pena ser defendido y que sin la virtud de los gobernantes, ningún régimen puede ser recto. Los defendidos  deben oponerse a las ideologías disolventes y aceptar que la formación del hombre de armas debe ser distinta a la de cualquier ciudadano.

Desde el punto de vista histórico, es interesante lo que Mario Enrique Sacchi, autor de “Aristóteles, santo Tomás de Aquino y el Orden Militar”, escribe en su obra: “las huestes del imperio romano no pudieron contener las arremetidas de los bárbaros, y no porque carecieran de egregios generales, tropa bien instruida y poderosos arsenales, sino porque la corrupción del pueblo al cual representaban en la guerra les contagió a ellas mismas la desidia y la tentación de rendirse exánimes ante la ausencia de valores que les dieran razones para luchar con heroísmo”

Esperemos no llegar a esto y, en este mes de las Glorias Navales, nuestros conciudadanos recuerden a Rubén Darío en su “Canto épico a las glorias de Chile”

“El Huascar se lanzó por vez tercera, y al golpe del acero áspero y frío

Se sintió traquetear la nave entera.

¡Por fin se hundió el navío, que a Chile glorias sin iguales diera!

Primero el casco, fúnebre y sombrío, Y después, siempre al tope, la bandera.

En la región de las inmensas almas debe haberse sentido en esas horas

Como un ruido de palmas y un despertar de auroras. ¡Oh Patria! ¡Oh Chile!

Así acabó, magnífico, solemne, hermoso, de grandeza homérica,

El combate más grande que vió América sobre las anchas olas del Pacífico.