Cuerpo 5

En el pensamiento de Osvaldo Lira

Habiéndoseme pedido una síntesis del pensamiento del padre Osvaldo Lira sobre el corporativismo, y trabajando en ella me dirigí rápidamente a desempolvar unos viejos números de la revista Tizona, e intentando que no se me deshicieran entre los dedos (nada peor que un viejo papel de diario barato, quemado por el sol y el tiempo), me di a la delectable lectura de la exposición clara y brillante que el padre Osvaldo hacía de lo que debiera ser un Estado, basado en el orden natural y encaminado hacia el bien común -fin más perfecto del hombre- mediante el trabajo común de cada uno de sus cuerpos.

Cuerpo 7Pensé inicialmente entregarles a ustedes una síntesis de la síntesis, pero he llegado a la conclusión de que lo mejor es que gusten con su propio paladar de la pluma del autor. Vaya, de momento, si vuestra paciencia así me lo permite, una breve introducción de mi mano que, espero, ayude a hacerse el marco en el cual hay que comprender la doctrina del connotado metafísico.

Hablar de estado, en general, o de estado corporativo, en particular, no es sino hablar de una forma posible de ser asumida por una sociedad política determinada. En consecuencia, para comprender lo que sea el estado corporativo, es necesario comprender primero qué es aquello que toma la forma de tal estado, es decir, debemos intentar comprender qué es la sociedad política.

Desde la perspectiva de la filosofía política, y empleando para ello las herramientas dejadas por el viejo Aristóteles, el camino más claro y directo hacia la contemplación del ser de la sociedad civil o política, es el del estudio de sus causas: material, formal, eficiente y final.  Empleémonos, pues, en esta tarea[1].

¿Cuál podrá ser la causa material de la sociedad política?  Dice el filósofo de Estagira, en la Física, que la materia es aquello de lo cual una cosa está hecha.  ¿De qué está hecha, entonces, la sociedad política? Un teórico liberal nos diría que su materia son los individuos, ya que en tanto éstos convienen libremente constituirse en una cierta unidad, para mejor alcanzar sus fines particulares, entonces dan vida a la sociedad política, que sin el concurso del acuerdo convencional entre todos los individuos, no podría existir.

La perspectiva real del asunto, en cambio, nos muestra claramente que la sociedad política es de índole natural (si bien es artificial en su concreción, es natural en su origen); y que existe, en consecuencia, con independencia de la voluntad particular de cada uno de los individuos que a ella pertenecen.  Y esto es así, entre otras cosas, porque la materia próxima de la sociedad de sociedades no son los mismos individuos (estos son sólo la materia remota) sino los cuerpos o sociedades intermedias, sin los cuales el individuo no puede siquiera subsistir.

Es así que pretender establecer una relación directa entre el estado y los individuos, ignorando la existencia de las corporaciones –como hace, por ejemplo, el sistema democrático liberal impuesto hoy en día en Occidente– resulta directamente atentatorio contra la naturaleza misma de la sociedad.

Ahora bien, ¿qué son las sociedades intermedias?  Del mismo modo que la sociedad política se define por el bien común, que -en palabras de Platón- es la máxima perfección humana naturalmente alcanzable, distinguible en una parte esencial: los bienes espirituales, y dos partes secundarias: los bienes exteriores y los bienes corporales; así también, las sociedades intermedias se definen por los bienes particulares, que se dicen tales precisamente porque son parte del bien común, es decir, son bienes que se ordenan al fin último del hombre, sólo alcanzable en la sociedad perfecta, que es la política, pero que se pueden y deben buscar en los cuerpos intermedios, como los bienes propios de la familia o de la Universidad, por citar sólo algunos de entre la infinidad de ejemplos.

Estas sociedades, definidas por el bien particular, son la materia de la sociedad política, y sólo en cuanto los individuos las integran, son parte también del todo social, de modo que los dichos individuos sólo constituyen materia remota de la tal sociedad.

Pero no basta la existencia de sociedades intermedias para que exista la sociedad civil.  Es necesario, también, que estos cuerpos tengan una forma común que les dé unidad.  Es decir, a la causa material es necesario agregar una causa formal.

Pues bien, la causa formal de la sociedad política es el mismo bien común que la define, pero no considerado en sí mismo, sino en tanto es intención cognoscitiva y volitiva del los miembros de dicha sociedad y, particularmente, de su autoridad.  Es decir, la causa formal de la sociedad política es el bien común en tanto es conocido y querido como fin de la misma de tal modo que, como consecuencia de este conocerlo y quererlo, es principio de que la sociedad sea de tal modo que pueda, efectivamente encaminarse a dicho fin.

El nombre que, en este sentido, recibe el bien común, es el de ordenamiento jurídico aunque, evidentemente, no considerado simplemente como un conjunto de normas con base en una constitución determinada -ésta es la concepción moderna del ordenamiento jurídico-, sino como el orden justo que debe imponerse en una sociedad para que alcance su fin -el bien común- que es la máxima perfección alcanzable por el hombre y que no es distinto, en consecuencia, del fin último de cada miembro de la sociedad.  De este modo, cae por su propio peso que el elemento primero y principal del verdadero ordenamiento jurídico es la ley natural, definida por Santo Tomás como la “participación de la ley eterna en la criatura racional”.

Y digo que esto cae por su propio peso porque la ley eterna es el modo, dispuesto por Dios, como todos los seres se dirigen hacia su último fin, de tal manera que, al ser la ley natural el modo particular, siempre dispuesto por Dios, como las criaturas racionales deben alcanzar su fin último o máxima perfección, no es posible que el ordenamiento de una sociedad que tiene por fin esta misma perfección, ignore la vía única para alcanzarla.  Esto explica que las sociedades modernas no hagan sino suicidarse al intentar independizarse de tal vía y constituir al mismo hombre en su único referente.

De este modo, el elemento primero y principal a mencionar respecto de la causa formal es la ley natural, y todo lo demás (léase derecho consuetudinario, derecho positivo en su forma pero natural en su materia, derecho positivo en su forma y materia, etc.) solo será parte legítimamente del ordenamiento jurídico, en tanto se subordine a la primera.

La causa eficiente, que es aquello en virtud de cuya acción algo existe, se puede ir deduciendo de lo anteriormente dicho.  Es claro que todos los miembros de la sociedad (cuerpos intermedios e individuos) contribuyen con su acción a la existencia de la sociedad, y por esto se los llama causa eficiente remota de la misma.  Pero por sobre ellos hay una causa eficiente próxima.  A esta causa eficiente próxima es a lo que llamamos autoridad, ya que es la autoridad, precisamente, la que impone el ordenamiento jurídico y la que, en consecuencia, actúa de modo principal para que la sociedad exista.

La autoridad, que recae en el soberano (sea éste rey, emperador o presidente de la república), está determinada por el conocimiento del fin y la capacidad para imponer la dirección hacia dicho fin, y es lo que permite que el soberano gobierne, es decir, que ordene, supervise, coordine y arbitre todo lo necesario para alcanzar el bien común (es así que al soberano corresponde legislar, ejecutar o vigilar la ejecución de lo manado por la ley y administrar la justicia conforme a esta misma ley), de tal modo que gobierno, soberano y autoridad serán legítimos en tanto haya dirección al bien común, se respete la ley natural, se asuman los rasgos particulares y propios de cada nación (es decir, se gobierne en conformidad con la tradición) y se merezca la cohesión del cuerpo social.

En resumen, la causa eficiente de la sociedad es aquella que mantiene la unidad del todo y que le impone la dirección al fin, bien común o como quiera llamársele; y esta función la cumple, de un modo principal, la autoridad[2].

Finalmente, debemos hacer mención de la causa final de la sociedad política.  Sin embargo, no me voy a extender en ella, porque ya hemos dicho lo fundamental: el fin de la sociedad es el bien común, que consiste esencialmente en la máxima perfección alcanzable por el hombre, que es la perfección espiritual (esto es lo que lo hace común, porque los bienes espirituales son de suyo comunicables), y accidentalmente en los bienes necesarios para alcanzar el bien espiritual que, como ya dijimos, Platón divide en dos: bienes corporales (placer, salud, etc.) y bienes exteriores (habitación, alimento, etc.)

El bien común define a la sociedad política, porque es tal aquella en la cual se encuentran todos los elementos necesarios para que el hombre alcance su fin más perfecto.  Y es así que, teniendo en cuenta todo lo dicho, de modo natural, sólo en una sociedad política bien constituida puede el hombre ser verdaderamente feliz.

Este es el marco en el cual quería situar los futuros artículos del padre Lira. Creo fundamental tener presente este marco para entender que, cuando el autor nos hable positivamente del estado corporativo, no está asumiendo una actitud ideológica al modo como alguien puede defender el sistema comunista o la democracia liberal.  Muy por el contrario, si se manifiesta a favor de este orden particular, lo hace porque él representa, en los tiempos y circunstancias actuales, uno de los mejores modos para intentar ordenar la sociedad de acuerdo a su fin y a la realidad de la naturaleza humana.  Nada más lejos de la actitud ideológica.

[1] Varias de las consideraciones que vamos a hacer en lo inmediato pueden ser revisadas, con mayor detención y claridad, en la obra del mismo Padre Osvaldo Lira: El orden político (Editorial Covadonga, Santiago de Chile, 1985).

[2] Para mayor abundamiento en esta materia, recurrir a Widow, Juan Antonio.  El hombre, animal político.  3ª Edición, Editorial Nueva Hispanidad, Buenos Aires, 2002.